Sociedad
El impacto de la tecnología en los hábitos de los jóvenes: una preocupación que crece
En el último tiempo, el uso de tecnologías digitales y redes sociales se ha convertido en un tema de debate importante en Argentina.
En 2023, este asunto, junto con las “apuestas online”, se instaló en la agenda política y llevó a la adopción de medidas concretas para controlar su impacto. Sin embargo, esta tendencia no es nueva. Hace años, Susan Greenfield, neurocientífica británica y miembro de la Cámara de los Lores, ya advertía sobre los efectos negativos de la tecnología en el comportamiento humano, especialmente en los niños y adolescentes. Greenfield alertaba sobre lo que ella llamaba un “autismo social”, una desconexión emocional y social provocada por el uso excesivo de dispositivos electrónicos. Aunque muchos la tomaron como una preocupación exagerada, hoy, a ocho años de sus declaraciones, las evidencias parecen darle la razón.
De acuerdo al "Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo" de la Unesco, 79 sistemas educativos alrededor del mundo, incluyendo varios de América Latina, decidieron implementar restricciones sobre el uso de celulares en las aulas.
Las razones de esta medida son claras: la distracción que genera el teléfono móvil, su impacto en el rendimiento académico y en la salud mental de los estudiantes, y la necesidad de promover la socialización cara a cara. Además, el ciberacoso y el acceso a contenidos inapropiados son problemas recurrentes entre los jóvenes.
Lo curioso es que este consenso no solo se da en los ámbitos educativos, sino que también se está replicando en muchas familias. Padres y docentes coinciden más que nunca en que el uso de la tecnología debe ser regulado, tanto en la escuela como en el hogar.
La clave está en involucrar a todos los actores, desde los colegios hasta las familias, para crear un cambio de hábitos real y sostenible. Algunas ideas incluyen retrasar la compra de dispositivos móviles a los niños, ofrecer celulares básicos en los primeros años de adolescencia y, lo más importante, dar el ejemplo como adultos.
Greenfield, en su libro Mind Change, explica que la exposición constante a las pantallas altera el cerebro, modificando la forma en que procesamos los estímulos y llevando a conductas adictivas. Este fenómeno se ha evidenciado a nivel global, donde el uso prolongado de las redes sociales ha generado un aumento en la ansiedad y la depresión entre los más jóvenes. Además, los algoritmos de las plataformas digitales explotan las vulnerabilidades psicológicas de los usuarios, manipulando sus decisiones y haciendo que busquen gratificación inmediata a través de contenido que los mantiene enganchados.
La clave está en educar y acompañar a los adolescentes. En lugar de dejarlos expuestos a estas influencias, debemos ayudarles a desarrollar una conciencia crítica sobre el uso de la tecnología. Un ejemplo de esto se dio en una clase en la que un docente motivó a sus alumnos a investigar y debatir sobre el impacto de las redes sociales. Como resultado, los estudiantes no solo se concientizaron sobre el problema, sino que también redujeron el tiempo que pasaban en sus dispositivos.
Este desafío no puede ser ignorado. Es urgente que tanto las instituciones educativas como las familias actúen para mitigar los efectos negativos de la tecnología, estableciendo límites que favorezcan el desarrollo intelectual, moral y emocional de nuestros hijos y estudiantes. Solo así podremos ayudarlos a formar un juicio crítico, adoptar hábitos más saludables y encontrar alternativas de entretenimiento y aprendizaje que no dependan exclusivamente de las pantallas.