Sociedad
Más que un problema escolar: juventudes en tiempos de incertidumbre
Especialistas de la UNLP advierten que la violencia escolar refleja una crisis social más profunda atravesada por redes sociales, desigualdad, discursos de odio y cambios en los vínculos entre jóvenes y adultos.
La violencia vinculada a las escuelas se convirtió en uno de los emergentes más visibles de un proceso social mucho más amplio y complejo. Amenazas difundidas por redes sociales, situaciones de hostigamiento entre pares, discursos agresivos que circulan en el espacio público y conflictos que se trasladan del ámbito digital al presencial forman parte de un escenario atravesado por profundas transformaciones culturales, tecnológicas y sociales. En ese contexto, la escuela aparece menos como el origen del problema que como uno de los espacios donde esas tensiones logran hacerse visibles.
Lejos de tratarse exclusivamente de episodios aislados o de una problemática reducida a las conductas juveniles, las violencias actuales deben comprenderse en relación con fenómenos estructurales más amplios: la fragmentación social, la crisis de los vínculos intergeneracionales, la aceleración de la vida digital, la circulación permanente de discursos de odio y las dificultades de las instituciones tradicionales para construir referencias comunes. Así, los conflictos que irrumpen en las aulas expresan también transformaciones profundas en las formas de socialización, de construcción de identidad y de convivencia contemporánea.
Especialistas de distintas disciplinas coinciden en que el fenómeno no puede explicarse únicamente como un problema de conducta adolescente. La violencia escolar aparece atravesada por desigualdades sociales, discursos públicos agresivos, cambios en los vínculos entre generaciones y una profunda transformación de la experiencia juvenil. También advierten que la mirada exclusivamente punitiva resulta insuficiente y que el desafío pasa por reconstruir espacios de diálogo, escucha y pertenencia.
Para comprender este escenario, investigadores de la Universidad Nacional de La Plata analizaron el fenómeno desde distintas perspectivas: Magdalena Lemus y Sebastián Benítez Larghi desde la sociología, el Dr. Cesar Barletta desde las ciencias de la educación, la Licenciada Gabriela Bravetti desde la psicología y la Dra. Mariana Chaves aporta su mirada desde la antropología.
Aunque cada disciplina pone el foco en aspectos diferentes, todas coinciden en una idea central: la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde los conflictos sociales todavía pueden hacerse visibles, discutirse y transformarse colectivamente.
Juventudes atravesadas por algoritmos y discursos violentos
Magdalena Lemus y Sebastián Benítez Larghi, sostienen que la sociabilidad de adolescentes y jóvenes está profundamente atravesada por las redes socio-digitales en donde se construyen identidades, circulan referencias culturales y se disputan formas de reconocimiento social.
Según explican, las plataformas digitales no son neutrales. Los algoritmos organizan qué contenidos se vuelven visibles y cuáles quedan relegados, mientras las corporaciones tecnológicas capturan la atención mediante dinámicas que promueven ansiedad, compulsión y necesidad de aprobación constante. En ese contexto, la cantidad de “likes”, seguidores o reposteos funciona como una forma de validación social especialmente significativa entre los jóvenes.
En este mismo sentido, César Martín Barletta, retoma el papel de los algoritmos. Las plataformas digitales priorizan aquellos contenidos capaces de generar impacto y mantener la atención. En consecuencia, una amenaza o una imagen violenta adquiere valor como contenido viralizable, más allá de la gravedad real del hecho.
Por su parte Gabriela Bravetti advierte que las violencias actuales expresan una transformación profunda en los modos de construcción de identidad adolescente.
Bravetti manifiesta que uno de los principales errores es considerar que la violencia digital es menos real que la física. Hoy existe una continuidad permanente entre lo online y lo offline: lo que ocurre en un grupo de WhatsApp o en TikTok tiene efectos concretos en la vida escolar y emocional de los jóvenes.
Mariana Chaves señala que las redes sociales modificaron la forma en que los conflictos circulan. Las peleas filmadas y compartidas generan lógicas de humillación pública y revancha que antes quedaban limitadas a grupos más pequeños. Sin embargo, Chávez aclara que las redes también cumplen una función positiva: permiten a los jóvenes construir espacios propios, lenguajes y formas de interacción alejadas de la supervisión adulta permanente.
Conflictos que ya no terminan en el aula
Lemus y Largui advierten que los adolescentes no son receptores pasivos de estas dinámicas. Construyen comunidades propias, generan códigos de pertenencia y también prácticas de inclusión y exclusión. Por eso, el espacio virtual no puede entenderse como algo separado de la vida cotidiana: forma parte de ella.
Desde esta perspectiva, muchos conflictos que explotan en la escuela comienzan previamente en las pantallas. Retos virales, amenazas o prácticas riesgosas se alimentan de una época marcada por discursos de odio, violencia cotidiana y desmesura. La viralización potencia además otra fractura: la división entre jóvenes “populares” e “impopulares”, donde la búsqueda de reconocimiento puede derivar en situaciones de humillación o exposición extrema.
Por su parte Chaves advierte sobre un punto de partida fundamental: no existe una única juventud, sino múltiples maneras de ser joven atravesadas por la clase social, el género, el territorio, las trayectorias familiares y las desigualdades.
La violencia juvenil suele ser interpretada socialmente de manera simplificada. Históricamente, las juventudes fueron asociadas al peligro o a la amenaza, generando procesos de estigmatización que invisibilizan otras dimensiones de la experiencia juvenil.
“Uno de los cambios más profundos es que los conflictos dejaron de estar limitados al espacio físico escolar. Una pelea, una amenaza o una burla ya no quedan circunscriptas a quienes estuvieron presentes. Hoy pueden ser filmadas, editadas, compartidas y reactivadas indefinidamente en redes sociales”, agrega Barletta.
Esto transforma por completo la lógica de intervención escolar. Muchas veces, cuando la institución intenta actuar, el conflicto ya circuló entre cientos de personas, acumuló comentarios y produjo efectos emocionales difíciles de revertir.
La agresión deja de ser un hecho puramente humano para convertirse en información procesable. Una amenaza se transforma en contenido valioso que genera interacción y deja una huella digital permanente. Esto crea una memoria digital que no funciona como un archivo pasivo, sino como una presencia constante que reactiva el daño de forma indefinida, desafiando la capacidad de reparación de la escuela.
Poco acompañamiento, soledad en la socialización digital
Bravetti sostiene que tanto la escuela como la familia atraviesan una fuerte crisis de autoridad y referencia. Las tecnologías digitales transformaron las formas de aprendizaje, los vínculos y la transmisión entre generaciones. En ese marco, muchos adultos se sienten desorientados y pierden capacidad para intervenir.
La especialista habla de una “brecha alfabeto-generacional y digital”. El problema no es solamente técnico —que los adultos sepan menos sobre aplicaciones o plataformas— sino la dificultad para construir autoridad simbólica y poner límites en un contexto donde los adolescentes parecen manejarse solos.
Lemus y Benítez Larghi remarcan también que muchos adultos quedaron corridos del acompañamiento digital. La idea de los jóvenes como “nativos digitales” llevó a creer erróneamente que no necesitan orientación ni límites en el uso de tecnologías. Sin embargo, sus investigaciones muestran que adolescentes y jóvenes demandan espacios de diálogo con adultos capaces de escuchar, orientar y contener.
Los investigadores destacan una ambivalencia clave: los jóvenes muestran un grado de conciencia sobre la dependencia que les generan los dispositivos, sintiéndose a veces inermes para contrarrestarla. Esta soledad en la socialización digital se ve agravada por el mito del ‘nativo digital’, una etiqueta que ha llevado a muchos adultos a desentenderse de su rol de guía, dejando a los adolescentes sin el soporte necesario para marcar transgresiones que la sociedad considera inaceptables.
Por su parte la psicóloga, identifica una trampa recurrente: confundir el saber técnico del adolescente (manejar una App) con un saber reflexivo (comprender las consecuencias de lo que se publica). Ante esta falta de acompañamiento o holding adulto, los discursos de odio ofrecen a los jóvenes una ‘ilusión de identidad’ y una falsa sensación de omnipotencia que tarde o temprano choca con la realidad, exponiéndolos a riesgos que no pudieron prever.
Tiempo dispares
Barletta advierte además sobre un problema central: la aceleración del tiempo social. Las redes, las notificaciones permanentes y la hiperconectividad generan una lógica de reacción inmediata que choca con los tiempos que la escuela necesita para enseñar, conversar y elaborar conflictos.
La escuela necesita detenerse para pensar, pero está inmersa en un entorno que exige rapidez permanente”, sostiene el investigador. En ese contexto, la convivencia escolar se vuelve más frágil porque muchas reacciones ocurren antes de que exista espacio para la reflexión.
Frente a este escenario, el desafío no pasa únicamente por regular el uso de tecnologías, sino por fortalecer la capacidad de la escuela para construir experiencias colectivas distintas a las dinámicas de las redes: tiempos de escucha, discusión y producción de sentido compartido.
La caída de las fronteras entre lo virtual y lo presencial
Según explica la psicóloga Gabriela Bravetti, uno de los principales errores es considerar que la violencia digital es menos real que la física. Hoy existe una continuidad permanente entre lo online y lo offline: lo que ocurre en un grupo de WhatsApp o en TikTok tiene efectos concretos en la vida escolar y emocional de los jóvenes.
A esto se suma la fragilidad creciente de los vínculos entre pares. Aunque los grupos de amigos continúan siendo fundamentales, las redes sociales potencian prácticas de exposición, indiferencia y crueldad. Los discursos violentos y segregacionistas ofrecen, muchas veces, una ilusión de pertenencia e identidad para jóvenes que enfrentan incertidumbre respecto del futuro.
Las investigaciones de Bravetti muestran además una pérdida de espacios de encuentro y conversación tanto entre adolescentes como entre jóvenes y adultos. La escucha, la curiosidad y el intercambio quedaron desplazados por dinámicas de inmediatez y sobreestimulación permanente.
Para la psicóloga, la escuela sigue siendo uno de los pocos lugares donde esos conflictos pueden hacerse visibles y encontrar alguna posibilidad de interpretación colectiva. Por eso insiste en la necesidad de reconstruir redes de contención y presencia adulta capaces de acompañar a las nuevas generaciones en un contexto de profundos cambios culturales y tecnológicos.
Juventudes estigmatizadas y búsqueda de espacios propios
Barletta propone no centrarse solamente en los hechos violentos, sino en las condiciones sociales y tecnológicas que los vuelven posibles.
Por su parte Chaves sostiene que muchas veces las disputas de poder protagonizadas por jóvenes son rápidamente catalogadas como “violencia”, habilitando respuestas represivas por parte del Estado o de la sociedad. A su vez, advierte que los discursos públicos agresivos amplían el horizonte de lo socialmente aceptable. Cuando desde posiciones de poder se naturaliza el odio o la exclusión, esas narrativas terminan permeando los vínculos cotidianos.
La investigadora también subraya el peso de las desigualdades estructurales. El deterioro de espacios públicos, la fragmentación urbana y la segmentación educativa redujeron los ámbitos de encuentro entre jóvenes de distintos sectores sociales. La escuela, que décadas atrás funcionaba como espacio de integración, perdió parcialmente ese rol.
En paralelo, las redes sociales modificaron la forma en que los conflictos circulan. Las peleas filmadas y compartidas generan lógicas de humillación pública y revancha que antes quedaban limitadas a grupos más pequeños. Sin embargo, Chávez aclara que las redes también cumplen una función positiva: permiten a los jóvenes construir espacios propios, lenguajes y formas de interacción alejadas de la supervisión adulta permanente.
La especialista insiste en que las juventudes deben ser reconocidas como sujetos activos, con capacidad de reflexión y participación social. Por eso considera indispensable fortalecer espacios seguros de encuentro, ampliar el acceso a actividades culturales y deportivas, y generar instancias reales de participación juvenil dentro de las escuelas.
Subraya que la conflictividad también es hija de la desigualdad urbana: mientras las plazas céntricas están cuidadas, los espacios de encuentro en las periferias desaparecen o están deteriorados, forzando a los jóvenes a buscar refugio en un mundo digital paralelo. En ese espacio virtual, las juventudes desarrollan un ‘cronolecto’ —un lenguaje de época propio— que les otorga libertad y una zona de autonomía lejos de la supervisión adulta, pero que también profundiza la brecha de comunicación con sus padres.
Un problema social que excede a la escuela
Aunque cada especialista aborda el fenómeno desde disciplinas diferentes, todos coinciden en un punto central: la violencia escolar no puede analizarse de manera aislada. Las escuelas son hoy el lugar donde se condensan tensiones sociales, tecnológicas, económicas y culturales mucho más amplias.
Las redes sociales amplifican conflictos, los algoritmos privilegian contenidos violentos, los discursos públicos erosionan límites simbólicos y muchos adultos sienten que perdieron herramientas para acompañar a las nuevas generaciones.
En ese contexto, las juventudes buscan pertenencia, reconocimiento y espacios propios en un escenario marcado por la incertidumbre.
Lejos de reducir el problema a una cuestión disciplinaria, los especialistas plantean la necesidad de fortalecer los vínculos, reconstruir espacios de escucha y recuperar tiempos de diálogo capaces de transformar el conflicto en experiencia compartida.
Porque, aun atravesada por crisis y desafíos, la escuela continúa siendo uno de los pocos lugares donde todavía es posible imaginar formas de convivencia colectiva.
Finalmente, es imperativo reconocer que la escuela no puede ser la única responsable de poner límites.
Los especialistas advierten que los discursos públicos agresivos tienen una capacidad ‘performativa’: cuando desde posiciones de poder se naturaliza el odio o se señala que hay vidas que ‘no valen la pena’, se amplía el horizonte de lo socialmente decible y se habilita a las nuevas generaciones a llevar esas narrativas a la acción.
Reconstruir la convivencia escolar requiere, por lo tanto, un compromiso ético que atraviese a toda la sociedad.