Editorial

El Dólar nuestro de cada día

El Dólar nuestro de cada día
Leonel Sánchez Alpino
29 Abr, 2023

Por Ariel H. Ferrari

Desde la finalización de la segunda guerra mundial, y luego de los acuerdos de Bretton Woods, se determinó la necesidad de fijar una moneda de cuenta mundial para estimular el comercio internacional y desterrar el proteccionismo imperante en los países hasta 1940. En aquel momento, la idea fue crear una canasta de monedas que arrojaran en su ponderación un valor de utilización internacional. 

La pérdida de liderazgo de Gran Bretaña y la aparición de Estados Unidos como el país a la cabeza del comercio mundial, definió que la divisa norteamericana fuera, finalmente, la moneda a utilizar en el comercio internacional.

Establecida la moneda de cuenta, convertía a Estados Unidos como el único país poseedor de la máquina de imprimir dólares, cosa que le estaría vedada a el resto del mundo.

De esta forma, la acumulación de oro en respaldo de los dólares circulantes fue fundamental. Los países centrales, dejaron el oro de sus reservas, o parte de ellas, en Estados Unidos, quien se comprometió a mantener la paridad oro-dólar (Sistema de Patrón Oro).

En 1971 el presidente Nixon, anuncio en forma unilateral, el abandono del patrón oro y la conversión del dólar en moneda “fiat”, es decir, una moneda respaldada por la confianza existente en su emisor.

Es necesario destacar que la Reserva Federal es el organismo que decide sobre la cantidad de dólares emitidos, está compuesta por bancos privados y no es un organismo dependiente de la administración estatal americana.

Con este marco contextual, cabe intuir que la única forma de tener dólares para pagar importaciones es cobrar dólares de las exportaciones realizadas, que obviamente, deberán ser como mínimo iguales a las primeras.

Dicho de otra forma: si las exportaciones son mayores a las importaciones, la obtención de dólares para pagar deudas estaría asegurada. 

Pero si se genera endeudamiento en el mercado externo para nivelar las cuentas internas, se le agrega otra obligación a ser pagada en dólares. Y si se toma deuda interna, pero los conciudadanos no confían en la moneda local y exigen dólares para garantizar las operaciones, se suma otra obligación en moneda extranjera.

Argentina, nuestro país, está en esta situación, con un agravante bastante peculiar. Debido a que hemos perdido el autoabastecimiento energético, una de las principales partidas a saldar con los proveedores externos es por este concepto. 

El gobierno, decidió no aumentar las tarifas al publico en el rubro energético en forma parcial. Los subsidios a la energía están concentrados en las grandes urbes y especialmente en el conurbano bonaerense. El interior del país y en particular los pequeños poblados, debe abonar la energía en forma total, aunque para proveer el suministro se hayan creado cooperativas, que obviamente, no persiguen afán de lucro sino la búsqueda de una solución comunitaria. 

Por su parte, las distribuidoras de energía, al no poder aumentar las tarifas, tampoco le pagan a su proveedor mayorista, el que si debe pagar las importaciones realizadas. Lamentablemente, este generador mayorista tiene participación estatal mayoritaria, por lo cual, es el estado el que debe pagar en dólares que no tiene.

La política cambiaria determina beneficiados y perjudicados. Si el tipo de cambio esta muy bajo, los importadores se ven beneficiados respecto de los exportadores, y viceversa.

Al ser el propio gobierno el principal importador, necesita un tipo de cambio bajo para comprar barato los dólares a los exportadores, principalmente del rubro agropecuario sojero.

Pero el gobierno tiene muchos competidores importadores que pujan por comprar dólares baratos. ¿Cómo sacarlos del juego? Simple. Mediante engorrosos trámites burocráticos y cepos cambiarios.

Los efectos de estas políticas son: desincentivar las exportaciones por la baja rentabilidad que las mismas generan con costos en alza al ritmo inflacionario e ingresos magros por tipos de cambio oficialmente impuestos. Corte en la actividad económica por falta de suministros importados necesarios para cualquier proceso productivo. Esto ultimo genera escases de bienes y ayuda a la aceleración inflacionaria. Por su parte, el déficit generado en el principal proveedor de energía es solventado con fondos del tesoro, aumentando el déficit fiscal. Por su parte, los distribuidores de energía ven afectada su rentabilidad y cash Flow por lo cual no invierten y apenas mantienen el capital invertido generando mal servicio y hasta cortes masivos.

Como vemos, la restricción cambiaria, la política distribucionista inequitativa, la falta de libertad en los mercados, la falta de un plan antiinflacionario, el déficit fiscal incontrolado y emisión emisión monetaria desmedida, han liquidado nuestra moneda y han endiosado al dólar. 

Un dólar que hoy esta en boca de todos, y en el bolsillo de muy pocos.

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