Editorial
Se anuncia un nuevo UPD (Último Primer Día)
Otro ciclo escolar está por comenzar y con él se despiertan nuevas ansiedades y expectativas en alumnos, familias y escuelas.
Por el Licenciado y Profesor, Eduardo Stamato.
En el nivel inicial y primeros grados toda la familia se prepara y se reorganiza para dar comienzo a un nuevo período de adaptación y hacer frente a un año escolar largo y lleno de incertidumbres.
Los más pequeños de la escuela primaria están movilizados pensando en quién y cómo será su flamante docente, además del entusiasmo que conlleva estrenar guardapolvo, uniforme, mochila y un sinfín de nuevos y flamantes útiles escolares preparados con dedicación para este día.
Los estudiantes que ingresan a primer año de secundaria viven una cantidad de emociones encontradas que van desde comenzar un nuevo ciclo escolar a preocuparse por cómo será el nuevo grupo de pertenecía, la adaptación a por lo menos trece nuevos docentes y dar cumplimiento a nuevas obligaciones y responsabilidades.
Aquellos alumnos un poco más grandes están expectantes en la incorporación de las nuevas asignaturas que requieren de metodologías de trabajo propias y de un lenguaje científico o técnico que caracteriza a cada una y que deberán dominar.
Otros alumnos en cambio se ven entusiasmados y temerosos por descubrir las especialidades que cada escuela ofrece para continuar y culminar el nivel medio, las que dependerán de cada jurisdicción o región del país donde desarrollarán sus estudios secundarios, descubriendo nuevos caminos que seguramente despertarán perfiles vocacionales futuros.
Estos nuevos desafíos despiertan en los adolescentes, incertidumbres, temores y ansiedad anticipatoria, que consume la energía de los primeros días de clases.
Sin embargo el inicio de las clases para los alumnos de quinto y sexto año merece un capítulo aparte.
Este primer día de escuela del último año del nivel medio, al que llaman UPD (Último Primer Día), genera grandes preparativos y una cuota extra de ansiedad y preocupación en los estudiantes. Lo mismo sucede en sus familias y en la propia escuela. Esta movilidad emocional propia de quienes terminan el nivel medio se debe a que ello conlleva como único objetivo organizar una noche entera de festejos y descontrol, previa al inicio del ciclo lectivo, donde se bebe grandes cantidades de alcohol algunas veces combinado con otras sustancias o bebidas estimulantes que culmina con el ingreso a la escuela en forma descontrolada, en un estado preocupante y que algunas veces pone en juego la seguridad y salud de sus integrantes. Es por ello, que comunidades, organizaciones, familias, escuela y gobierno no debemos perder el ojo a este momento de festejo que genera riesgos desmedidos e innecesarios.
El UPD ya se instalo en nuestra sociedad hace un poco más de una década y trascendió nuestra frontera ingresando a países limítrofes como Uruguay, Paraguay y Bolivia.
Ahora bien. Es normal que frente a esta nota nos surja un gran interrogante.
¿Cuál podría ser la solución frente a este flagelo que se instaló entre los jóvenes y que además abrió un amplio mercado comercial que conlleva el alquiler de boliches, bares, salones de fiestas, ventas de alcohol, maxi kiosco de 24 horas donde nadie supervisa la venta de bebidas alcohólicas de alta graduación expuestas en sus góndolas y vidrieras, alquiler de trencitos, party bus, delivery de bebidas alcohólicas, catering, souvenirs, disfraces, pirotecnia, alquiler o compra de redoblantes y algunas veces, y según el nivel social de la familias, no falta animación con música en vivo?
Frente a esta pregunta se desprenden respuesta de todo tipo en las familias, los medios, la sociedad y en el adentro de las escuelas.
Prohibir dicen unos. No permitir el ingreso de los alumnos a la escuela ese día, dicen otros. Dejarlos borrachos en la calle hasta que se les pase, comentan otras voces. Intervención policial, exigen desde otras opiniones. Qué la escuela se ocupe, se haga cargo y eduque, dice la sociedad en general, y así cada uno da su opinión algunas veces enfundados por el no hacerse cargo de su responsabilidad, otras veces por el desconocimiento de las nuevas adolescencias y su comportamiento, otros llevados por el temor de lo que puede ser o suceder esa noche y otros por no encontrar solución a este rito que cada vez es más fuerte y pesado.
Reflexiones juntos
Dejar jóvenes alcoholizados en la puerta de una escuela no permitiéndoles el ingreso no es la solución, es abandono. Cerrarles la puerta de las escuelas en sus propias caras para que no ingresen es faltarles el respeto y decirles a nuestros adolescentes vos no me interesas. Llamar a la policía para que ponga límites no es la solución frente a una escuela que debe contener, enseñar y colaborar con las familias en la formación de los más jóvenes. Medir la concentración de alcohol en sangre no es función de la escuela. Recibir alumnos alcoholizados y mantenerlos durmiendo en el aula durante la primer jornada y pedirle a los docentes que se hagan cargo de ello tampoco es función de la escuela, es más demuestra que poco nos interesan los jóvenes y nuestros equipos docentes.
La escuela como la familia deben estar juntos en este momento más que nunca y trabajar mancomunadamente para que este tipo de festejos no se lleven puesto a ningún adolescente. Contra este mercado, contra esta presión social, contra las redes sociales e influencers que lo publicitan y dan ideas, la escuela y la familia no pueden hacerle frente en forma solitaria, deben más que nunca perder el miedo, unirse y trabajar juntos.
No olvidemos que el UPD, como las “previas” antes de las salidas o bailes, las “juntadas” como hoy le dicen a nuestras antiguos, traviesos e inolvidables asaltos, tienen un solo objetivo que es consumir grandes cantidades de alcohol, desinhibirse y descontrol.
Esto no quiere decir que estamos llamados a bajar los brazos y justificar que estas conductas deben normalizarse, pero sepamos que no vamos a poder con ellas, entonces es hora de tomar el problema y buscar salidas lo menos perjudiciales para nuestros adolescentes. Nadie puede estar de acuerdo con normalizar estos festejos que son dañinos para la salud de nuestros adolescentes. Como bien lo cita el médico húngaro – canadiense Gabor Maté, “…la sociedad actual genera patologías físicas y traumas porque se naturalizan situaciones que son dañinas…”. Entonces como queremos proteger y cuidar a los adolescentes pongamos manos a la obra y a trabajar juntos familias, alumnos y escuelas, generando encuentros de reflexión, solidaridad, empatía, cuidado, acompañando, escuchando y observando en forma activa, lo que sucede dentro y fuera del aula, tomando cada uno su responsabilidad.
Todos sabemos que en el prohibir no está la solución, sólo harán que estas fiestas se den a escondidas, en plazas, parques, veredas, zonas oscuras, en forma solitaria, en pequeños grupos, tal como han surgido en sus inicios, mejor es que ello suceda en presencia de adultos responsables que sean capaces de cuidar y velar una noche completa junto a nuestros adolescentes y luego puedan acompañarlos a la escuela normalizando esta última actitud como lo han hecho cuando eran pequeños.
Este traslado de la fiesta a la escuela debe ser cuidado también. La calle esta difícil y no sabemos cómo puede responder el vecino al escuchar batucada, canticos o pirotecnia en horas de la madrugada. No ha faltado algún grupo de alumnos que ha cortado calles, que ha realizado disturbios en la vía pública, o que han vandalizado plazas o espacios públicos y es necesario que la familia esté allí, con ellos para evitar males mayores.
Por ello es importante que este tipo de festejos no nos sorprenda y pueda ser planificado con tiempo entre las familias y junto a la presencia de la escuela.
En síntesis el UPD debe formar parte activa de las agendas escolares, se fijarán acuerdos con los alumnos y las familias en el año anterior, se deberán generar actividades y se trabajará junto a las familias, docentes, auxiliares docentes, profesionales del departamento de orientación escolar (DOE) y alumnos. Iniciado el nuevo año escolar, y antes del UPD, la escuela debe convocar nuevamente a las familias, escuchar sobre sus preparativos y explicarles también cual son sus responsabilidades y dejar en claro que lo pautado será lo permitido, habilitado y correspondido para un ambiente escolar. En síntesis la escuela media y las familias deben ocuparse y preocuparse por el UPD. Todos somos responsables.
Luego del UPD como continuamos familia escuela frente a un año de fiestas, festejos y descontrol, como los mismos estudiantes lo llaman. Falta todavía el estreno de los buzos de egresados, el último día previo al último receso de invierno, la fiesta de egresados, el último día de clase. Todo es motivo de festejo para estos adolescentes.
No alcanza con dar charlas sobre consumo responsable a padres, alumnos y docentes. La escuela debe trabajar brindando desde luego información, pero escuchando activamente vivencias y problemáticas que acercan los adolescentes al aula. Profesores, auxiliares, tutores y DOE deben tener una presencia activa con los quintos o sextos años, brindando una escucha y mirada receptiva, reflexionando sobre hechos o casos puntuales, atendiendo sus ansiedades, necesidades, angustias y presiones sociales. No olvidemos que los adolescentes son presa fácil del consumo, más de una vez necesitan desinhibirse para lograr objetivos que la sociedad exige sin estar preparados física, emocional, sexual o psicológicamente, o aún simplemente no desean experimentar, pero deben hacerlo para pertenecer. Es ahí y ahora donde debemos trabajar la asertividad, el saber decir no, y el aceptar las diferencias con tolerancia y capacidad constructiva. ¿Soy lo que soy y vos me aceptas como soy?
En esta larga lista de responsabilidades estamos dejando fuera a diferentes organizaciones que pueden y deben prestar una ayuda importante.
Las autoridades del Ministerio de Educación pueden sugerir diferentes formas de organizar este último primer día. Trabajar juntos a los equipos directivos escolares para escuchar sus realidades y necesidades frente a este festejo. Llegar a las familias acompañándolas y guiándolas en cómo llevar adelante este tipo de fiestas que incitan al descontrol.
Las organizaciones de la salud, como la Cruz Roja Argentina, brinda información a la comunidad y a las escuelas de cómo deberían actuar los jóvenes y los adultos frente a este tipo de festejos, que como sabemos, no será ni el primero ni el último.
Por eso estimados lectores no se preocupen por el UPD, más bien ocúpense, no lo nieguen, preocúpense en cómo organizar juntos familias y escuela este festejo, que como ya sabemos vino para quedarse en el anecdotario y en la cultura estudiantil de las escuelas de Argentina y quizás algún día surja otro Miguel Cané y el UPD integre las travesuras del libro Juvenilia del siglo XXI.