Sociedad

¿Qué es la inmanencia? Una palabra que puede sernos útil para pensar la realidad

¿Qué es la inmanencia? Una palabra que puede sernos útil para pensar la realidad
Leonel Sánchez Alpino
09 May, 2021

Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP)

En la columna de este domingo me gustaría hablar acerca de una palabra que no tiene mucha prensa, pero que me parece que debería volverse viral, o por lo menos me conformo con que se haga más o menos conocida. No hace falta que se convierta en Trending Topic de Twitter ni nada parecido. Es una palabra que no se usa mucho, muy pocos la conocen y a veces me pregunto por qué. No estoy exagerando si digo que quedó olvidada. Es más, a lo mejor me quedo corto: no se puede olvidar lo que nunca jamás sucedió. Quizás nunca fue una palabra públicamente conocida, vaya uno a saber por qué. Sea como sea, está ahí: abandonada en las estanterías de las bibliotecas, adentro de algunos libros viejos y polvorientos que ya casi nadie lee. Creo que ya es momento de sacarla de ahí y (de una buena vez) ponerla en circulación. Estoy seguro que puede ser muy, pero muy útil en nuestro intento filosófico semanal (en este espacio que tan amablemente me cede Punto Capital Noticias) de desentrañar esta realidad tan loca que nos ha tocado transitar a todos. Esa palabra es la siguiente: inmanencia.

¿Qué es la inmanencia? Antes de responder esa pregunta, me voy a poner a pensar un poco en voz alta, me voy a poner filosófico, como quien dice. Me parece muy curioso  que el término “inmanencia” no sea tan conocido, pero que sí lo sea (bueno, a lo mejor más o menos) su contrario: la trascendencia. Sí, como leyeron: la inmanencia es lo contrario de la trascendencia. 

Las palabras “trascendencia” e “inmanencia” las inventaron unos señores europeos hace más o menos mil años, a quienes les gustaba mucho pensar y escribir acerca de Dios. Lo cual es otra forma de decir que les interesaba averiguar qué sentido tenían sus vidas, por qué estaban viviendo sobre la Tierra y por qué todo esto que tenemos a nuestro alrededor existe, cuando tranquilamente podría no haber existido.

Los que decían que Dios es trascendente, decían que estaba más allá del universo creado por Él. En otras palabras: de un lado estaba el universo (la Creación); del otro, Dios (el Creador). Según este punto de vista, el Creador y su Creación son “asuntos separados”: Dios está fuera del universo. Algunos llevaban la trascendencia hasta límites insospechados: decían que Dios también estaba fuera del alcance de los límites de nuestro lenguaje: no habría manera de describirlo, nuestras palabras no tendrían nada que ver con Él. Hubo un místico cristiano llamado Dionisio Areopagita, que se refería a Dios como “la divina tiniebla”, por su impenetrable inaccesibilidad para el pensamiento o para el lenguaje. Esas conclusiones conducían a problemas un poco incómodos, como por ejemplo: “¿qué hacemos con la Biblia?”. Se escribieron océanos de tinta al respecto, pero eso ya es otra historia…

Ahora sí, volvamos a la inmanencia. Si lo trascendente es lo que está “fuera”, lo inmanente es lo que está “dentro”. Los que decían que Dios es inmanente, pensaban que Él está en todos lados, incluso hasta en la más pequeña de las partículas subatómicas. No estaría “distribuido”: no es que un “pedacito” de Dios estaría en un lado, y otro “pedacito” en otro. Todo Dios estaría totalmente presente en todos lados, incluso en nuestras propias mentes, en nuestros propios pensamientos. La clave acá es la expresión “todo en todo”, que alguna vez formuló Plotino. Podemos pensarlos con ejemplos prácticos, totalmente a nuestro alcance. Voy a dar uno doméstico: las paredes de mi departamento (en barrio El Mondongo, desde donde estoy redactando, ya que estamos) son de color blanco. El escritorio donde está mi computadora es del mismo color. ¿Una parte del color blanco está en la pared y otra parte, en mi escritorio? ¿Se puede dividir la blancura en partes? La pregunta suena un poco absurda: bueno, de la misma forma Plotino diría que tampoco se lo puede dividir a Dios. Volvamos con el ejemplo de la pared y el escritorio: la pared es más grande, ¿eso quiere decir que hay más color blanco ahí? ¿El blanco de la pared es más blanco que el blanco del escritorio? ¿Hay más blancura en un lugar que en otro? Nuestro filósofo volvería a decirnos que no: una cosa es de mayor tamaño que otra, pero algunas cualidades no pueden ser medidas, como por ejemplo, los colores. El blanco está tan presente en uno como en otro. Del mismo modo (según está postura) Dios no está menos presente en una hormiga que en un ser humano, que en una montaña.

Así como pasó con la trascendencia, también hubo gente que agarró la inmanencia y la llevó hasta sus últimas consecuencias lógicas. Sostuvieron que el universo mismo es Dios. Hay una tercera postura, que dice que Dios es tan inmanente como trascendente, pero no quiero que nos vayamos mucho de tema. Aunque no lo parezca, con este artículo quiero hablar de la utilidad que puede tener el concepto de inmanencia para nuestras vidas cotidianas.

Llegados a este punto, me imagino lo que muchos pueden llegar a pensar: “yo no soy religioso, ¿de qué me va a servir toda esta información?”. En el mejor de los casos, otros a lo mejor estén diciendo: “mirá vos, qué interesante”. Sin embargo, podemos darle una vuelta más. Está bien que hasta ahora, la inmanencia y la trascendencia se utilizaron para conceptualizar a Dios, pero… ¿y si los aplicamos a otras áreas de la vida? ¿Si las usamos para pensar la política? Hagamos el intento.

Si pensamos la política como algo trascendente, estamos realmente fritos, creo yo. Si creemos que las decisiones políticas son decisiones que le competen sólo a un grupo de personas separadas trascendentalmente del resto de los mortales… vamos por muy mal camino. Si la política es trascendente, entonces nosotros, los miembros de la sociedad civil, sólo somos espectadores, no tenemos mucho que hacer, no tenemos mucho que decir. Todo lo que pensemos da igual. Los políticos son entes completamente ajenos a nuestra realidad cotidiana de todos los días, son casi como invasores de un mundo que podría funcionar perfectamente sin ellos. Eso es lo que piensan los libertarios, por ejemplo.

En cambio, si la pensamos como algo inmanente, el panorama cambia ciento ochenta grados. Si la política es inmanente, entonces no es sólo cosa de algunos: toda nuestra vida está empapada de política, todos podemos intervenir políticamente desde nuestras vidas cotidianas y nuestros asuntos de todos los días.

Quizás recuperar la idea de inmanencia nos pueda ayudar en esta lucha contra el coronavirus, que ya lleva más de un año. Tal vez no nos vendría nada mal recordar que todas las medidas sanitarias que resuelva un Gobierno siempre tienen que ser a dos puntas. La sociedad civil no es una espectadora ajena a todo este problema: al contrario, junto con el Gobierno son coprotagonistas de esta historia. Si como ciudadanos no tomamos las medidas de cuidado personal correspondientes, de nada va a servir si el Presidente, el Gobernador o el Intendente escriben “fase 1”, “fase 2” o “fase 3” en un papel. La prevención contra el Covid-19 (y me animo a agregar algo que hace un año no habría osado escribir: la aceleración de nuestro triunfo contra este virus, vacunación mediante) no es una cuestión trascendente y externa a nuestras responsabilidades individuales. El triunfo contra el Covid es un asunto que toca a las puertas de nuestras casas y nos convoca. Y qué rumbo queremos tomar tomo sociedad una vez superada esta tragedia (¿seguimos con el extractivismo ecocida que justamente nos llevó a esta situación, o nos ponemos al hombro un modelo de desarrollo sostenible?) ni hablar.

En la lucha contra el coronavirus, creo que se ve mucho más claro que nunca, que la política es inmanente: todos somos agentes políticos, todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad. La solución no pasa sólo por la sanción de un decreto o de una ley, sino que requiere urgentemente de nuestra participación.

Ahora sí, ¿y si aplicamos la inmanencia a la política? ¿Y si lo seguimos pensando? ¿Si nos inmanentizamos? A lo mejor nos sorprendamos de todas las conclusiones que podemos llegar a sacar de ahí.

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