Estudiantes
A 20 años de la vuelta a casa de Juan Sebastián Verón
El 5 de junio de 2006, cientos de almas albirrojas transformaron el viejo Hirschi en un templo. Juan Sebastián Verón regresaba al club de sus amores después de conquistar Europa. Lo que parecía un sueño imposible se convertía en realidad y daba inicio a una revolución que cambiaría para siempre la historia de Estudiantes.
Por Luciano Neder.
Hay días que se cuentan. Hay otros que se recuerdan. Y existen algunos que se convierten en historia. El 5 de junio de 2006 pertenece a esa última categoría.
Aquella tarde-noche, el viejo estadio de 1 y 57 volvió a latir como en sus mejores tiempos. Varias horas antes, miles de hinchas comenzaron a peregrinar hacia el estadio con una certeza que pocas veces había acompañado al pueblo albirrojo: uno de los suyos regresaba a casa. No volvía cualquier jugador. Regresaba el hijo de la Bruja. El heredero de una mística escrita entre copas, hazañas y gloria.
Había recorrido los escenarios más importantes del mundo, que brillaba en el Inter de Milán y que todavía tenía lugar en cualquier gigante europeo con cheques en blanco para firmar. Sin embargo, eligió otro camino. Eligió regresar. Mientras el fútbol empezaba a rendirse ante el poder del dinero, Juan Sebastián Verón tomó una decisión que desafiaba toda lógica.
Rechazó contratos millonarios, dejó atrás las luces de Europa y escuchó el llamado de una historia que nunca había abandonado. Era una deuda con su corazón. Era una promesa con su apellido. Era una misión con Estudiantes.

Por la mañana, en el Country Club de City Bell, la presentación formal confirmó lo que durante semanas había parecido un sueño imposible. Frente a periodistas, Verón firmó su vínculo junto al presidente Eduardo Abadie, el entrenador Diego Pablo Simeone y su padre Juan Ramón, y habló con la serenidad de quien sabe exactamente dónde pertenece.
Pero la verdadera ceremonia todavía estaba por comenzar. Cuando cayó la tarde, el Estadio Jorge Luis Hirschi dejó de ser un estadio para convertirse en algo parecido a un santuario.

Cientos y cientos de pincharratas ocuparon cada rincón disponible. Banderas, camisetas, lágrimas, abrazos y generaciones enteras reunidas para presenciar un acontecimiento que trascendía lo deportivo.
El escenario montado sobre el césped esperaba al protagonista de la noche.Y cuando apareció. Explotó todo."¡Olé, olé, olé, olé... Bruja... Bruja!"El canto bajó desde las tribunas como una oración colectiva. No era una bienvenida. Era un acto de fe.
Era un pueblo recibiendo a uno de sus elegidos. La emoción fue tan profunda que incluso Verón, acostumbrado a las finales más exigentes del planeta, apenas pudo encontrar palabras. No hacía falta más. La gente entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Aquel día no se firmó solamente un contrato. Se selló un pacto. Entre un líder y su pueblo. Entre una historia gloriosa y un futuro que todavía estaba por escribirse.
Muchos se retiraron del estadio con una sensación difícil de explicar. Como si algo importante estuviera comenzando. Como si detrás de aquella vuelta hubiera algo más grande esperando. Y no se equivocaban.
El regreso de Verón no fue únicamente el retorno de un futbolista extraordinario. Fue el punto de partida de una revolución. Fue la recuperación de una identidad. Fue la confirmación de que Estudiantes seguía creyendo en su propia mística.
Meses después llegaría la consagración en el Apertura 2006. Más tarde aparecerían las noches de Libertadores, las gestas internacionales y una nueva generación de héroes, campeonatos y un estadio nuevo.




Pero todo empezó aquel frío 5 de junio. En aquel instante en que la historia volvió a abrazar a uno de sus hijos predilectos. Porque hay regresos que emocionan.Y hay regresos que cambian destinos. El de Juan Sebastián Verón hizo ambas cosas.Por eso, dos décadas después, sigue siendo mucho más que un recuerdo. Sigue siendo una de las páginas mas dorada de la historia pincharrata.