Sociedad
Diálogos filosóficos, políticos y platenses sobre el encuentro con el otro
Por Nicolás Torres Ressa, Prof. y Lic. en Filosofía (UNLP)
— Se pierde mucho el tiempo en discusiones abstractas que no sirven para nada. ¡Hay que poner los pies sobre la tierra! Siempre hay que partir del lugar desde donde uno está parado. Y poner en valor ese lugar. Eso es lo más importante — concluyó Martín, mientras cebaba el último mate con lo poco que le quedaba de agua en el termo.
— ¿Cómo es eso de poner en valor? — inquirió Joaquín —. ¿A qué te referís? ¿Y en serio te vas a tomar ese mate? Está recontra lavado. Menos mal que cada uno está con el suyo propio.
— Sí, me gusta así: lavado y amargo — le respondió Martín, entre risas —. Eso sí, ojalá esta pandemia termine lo más rápido posible y podamos volver a compartirlo. Pero bueno, por lo pronto al menos podemos juntarnos. ¡Cómo extrañaba esto! Volviendo a lo otro: te doy un ejemplo de poner en valor. ¿Cuál es el primer paso para conocer cómo se vive en un barrio, Joaco? Pongámosle que queremos saber la realidad de Arturo Seguí, que es donde doy clases.
— Y… ¿hablando con los vecinos, puede ser?
— Sí, bien — Martín asintió con la cabeza —. ¿Algo más?
— Calculo que también hablando con la gente que está a cargo de las ollas y los merenderos. Eso sirve para conocer cuántas personas se hallan en situación de emergencia alimentaria — Joaquín hizo una pausa y se puso a enumerar a otros actores sociales —. Y las personas que trabajan en la salita del barrio… ¡más ahora, en estos tiempos de pandemia! Los trabajadores sociales, los centros culturales, las bibliotecas populares, alguna parroquia. Charlando con esas personas, se puede armar un panorama de la situación.
— También podemos sumar organizaciones que trabajan con jóvenes, como Cuidadores de la Casa Común, que está en dieciocho provincias y en setenta barriadas populares, entre ellas en Seguí. Está integrada por gente que viene de organizaciones sociales y políticas, de la economía social y solidaria, y de infancias y juventudes. A lo largo del 2019 crearon una cooperativa de trabajo.
— ¿Qué es una cooperativa, amigo? — Joaquín no soporta ignorar el significado de las palabras.
— Es una empresa donde no hay un patrón, sino que está a cargo de los propios trabajadores. Por eso también se le dice “trabajo autogestivo”. En Seguí, Cuidadores armó una cooperativa de productos textiles ecológicos, como por ejemplo, pañales de tela o toallitas femeninas reutilizables. Tené en cuenta que uno de los principales problemas del barrio es el embarazo adolescente. Tiempo antes habían impartido cursos introductorios al trabajo.
— A ver si entendí bien, Martín — repasó Joaquín —. Enseñan distintos oficios a los jóvenes y los incentivan para que se unan en cooperativas.
— Exactamente. Les enseñan, por ejemplo, cómo sacar un presupuesto, cómo hacer circular los productos, de qué manera hacerles publicidad. Básicamente, cómo funciona una empresa.
— ¿Y la cooperativa que armaron es de productos textiles?
— Y también de otros rubros, entre los que está lo que es cosmética natural: ungüentos, cremas, repelentes para mosquitos. Hace poco abrieron un taller de serigrafía y de sublimación: con el financiamiento del Sedronar, la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas, se pudieron comprar máquinas. Ahí es clave la presencia de los ministerios y las secretarías del Estado, que destinan recursos económicos para que se puedan llevar a cabo esos proyectos laborales.
— Todo esto lo desconocía, Martín. Ni siquiera sabía qué era una cooperativa.
— Y añado algo: para que una cooperativa sea reconocida legalmente como tal, tiene que tener el reconocimiento del INAES, es decir, el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social, que depende del Ministerio de Desarrollo Productivo. También podría ponerme a hablar de los proyectos de huertas comunitarias; construcción de guarderías, reciclado, generación de energías limpias, como por ejemplo los calefones y las usinas solares; la fabricación de ladrillos de plástico reciclable; comedores; kioscos saludables. ¡Realmente están haciendo un laburo bárbaro! Pero obviamente todavía falta muchísimo. El desempleo y el trabajo precarizado son dos de los principales problemas del barrio, como en tantas otras partes de la Ciudad y del país. Y hay cosas muy urgentes que se pueden hacer en el mediano plazo. Como, por ejemplo, que se inscriban en el monotributo social los laburantes que por ahora están juntando el mango trabajando de distintas changas.
— Perdoname que te interrumpa, Martín, pero ni siquiera sé qué es el monotributo. ¿Me explicás?
— ¡Ni ahí me pídas perdón por eso! Interrumpime las veces que quieras, amigo. Yo soy docente. Cada vez que cobro mi sueldo hay un porcentaje que me descuentan: va para mi obra social y para el IPS, es decir, para el fondo de jubilaciones y pensiones de la Provincia. En la liquidación de mi sueldo, me descuentan esos impuestos. Y no sólo a mí: pasa en cualquier otro trabajo de relación de dependencia, tanto en el sector público como en el privado. En otros laburos, el descuento va para el ANSES, que es lo mismo que el IPS, pero a nivel Nación. El monotributo general es el impuesto que pagan los que no trabajan para un jefe, o sea, los que tienen un negocio propio. Al pagarlo, adquieren obra social y hacen aportes para la jubilación.
— Ahí va. ¿Y en qué se diferencia el monotributo general del social?
— El segundo es para los trabajadores de menores ingresos: tenés que cobrar menos de lo que cobra la categoría más baja del monotributo general. En la página web de la ANSES hay un PDF, con un listado de trabajos que califican para el monotributo social. Esperame que lo copio y pego por acá — dijo Martín, antes de abrir el chat, donde escribió: http://anses.gob.ar/archivo/actividades-monotributo-social —. Si laburás de peluquero, de vendedor de bijouterie, de gasista o electricista, por ejemplo, podés pagar ese monotributo. Y un dato importante: lo podés pagar, aunque seas beneficiario de planes sociales, como por ejemplo la Asignación Universal por Hijo.
— Bancá… - lo interrumpió Joaquín —. ¿Entonces los planes no son incompatibles con trabajar?
— No, ¿quién te dijo lo contrario?
— Lo escuché tantas veces, que pensé que era cierto — Joaquín se encogió de hombros —. Oí a mucha gente decir que con nuestros impuestos manteníamos a los que cobran los planes. Y que los que cobran los planes no contribuían al Estado. ¡O sea que podés cobrar un plan y al mismo tiempo ser contribuyente!
— ¡Por supuesto que sí! El objetivo de los planes no es impedir que la gente trabaje, sino todo lo contrario: a corto plazo, ayudar en lo más urgente, que es llenar la olla y comer todos los días. En el largo plazo, lograr que la persona se pueda integrar al mundo del trabajo. ¿Sabés cuál es otro problema? La desinformación. Muchísima gente no sabe que puede tener monotributo social. Por eso es tan importante darle difusión. El trabajo informal es esclavitud, porque quedás a la buena de la situación, no tenés un solo derecho asegurado. Con un trabajo formal, el Estado te reconoce como un sujeto de derechos: tenés la protección de una mutual, aportes jubilatorios... y lo más importante, compartís con la comunidad una parte del dinero que producís.
— En eso, estoy totalmente de acuerdo, Martín. Yo siempre digo que a mí me encantaría ser multimillonario y poder pagar un impuesto a las grandes fortunas, por ejemplo: ¡que una parte de mi riqueza vaya para ayudar al otro!
— ¿Cómo habíamos arrancado esta charla? ¿Cómo llegamos hasta acá?
— Estábamos hablando acerca de cómo conocer la realidad social de un barrio – repasó Joaquín —. Y ahí me dijiste lo de esta organización, la de Cuidadores, que lo que hacen es crear cooperativas de trabajo. Después, nos pusimos a hablar acerca del monotributo social.
— ¡Cierto, je, je! Ah, casi me olvidaba: los trabajadores de una cooperativa también pueden pagar el monotributo social. Bueno, estábamos hablando acerca de cómo conocer la realidad de un barrio. Che, antes de seguir: ¡me encantó tu capacidad de síntesis! Reconstruiste toda la conversación.
— Lo hago con todo. Al final del día, siempre hago como un repaso de todo lo que hice. Me ayuda un montón, es un ejercicio piola.
— Eso prueba que prestás atención. Y que te importa lo que el otro dice. Sigo: en Arturo Seguí también es admirable el trabajo que viene haciendo el CeDiCa, el Centro de Equitación para Personas Discapacitadas y Carenciadas. Hacen equinoterapia y deporte ecuestre adaptado, para personas con diferentes discapacidades. Y tienen un fondo de becas para los vecinos del barrio con menos recursos. Además, han trabajado en lo que son las TIC, las tecnologías de la información y la comunicación. Junto con el Laboratorio de Investigación en Nuevas Tecnologías Informáticas, que pertenece a la Facultad de Informática de la UNLP, han desarrollado softwares para acompañar a estas personas en su proceso educativo. Tampoco me puedo olvidar de la Asociación Deportiva de Arturo Seguí y lo maravilloso que es integrar a través del deporte, en este caso, a través del fútbol infantil. ¿Sabés lo que es tener que ir a jugar un partido a otro barrio que queda en la otra punta, como Villa Elvira, o a otra ciudad, como por ejemplo Brandsen… y que el club alquile un micro para que puedan viajar los pibes con sus familias? Estamos hablando de personas que no tienen movilidad. Y que le den a cada chico una vianda de comida, con un jugo. Y que los entrenadores y delegados estén al corriente todo el tiempo de la situación de cada pibe, dentro y fuera de campo de juego. Me parece que ya hicimos una lista bastante larga de a qué lugares ir para conocer la realidad de un barrio. Aunque me estoy quedando corto, porque todas las organizaciones que nombré hacen muchísimas más cosas. Pero… el primer paso todavía no lo mencionamos.
— ¿Todavía no?
— No. No nombramos el primer paso, que es el fundamental, el más importante de todos.
De repente, alguien tocó el timbre. Era Rodrigo. Martín y Joaquín rieron: habían estado aproximadamente media hora esperándolo; creían que finalmente no iba a aparecer. Martín, que era el dueño de la casa, le abrió a los pocos segundos. Rodrigo estaba con una sonrisa radiante, de esas que son de oreja a oreja. Para sorpresa de sus amigos, su rostro transmitía paz y serenidad. Él había estado pasando por un estado anímico muy negativo durante los últimos meses. Ahora parecía casi otra persona.
— ¿Cómo estás, amigo? Se te ve demasiado sonriente — se puso a indagar Martín.
— Recién vengo de verme con una chica — respondió Rodrigo.
— ¿La que nos contaste la otra vuelta? — preguntó Joaquín
— Esa misma. Nos conocimos por una aplicación, durante lo que fue la cuarentena. Anduvimos un tiempo charlando por WhatsApp, hasta que arreglamos vernos. Caminamos un poco, anduvimos por Parque San Martín y pateamos la diagonal 75 hasta Plaza Yrigoyen. La pasamos recontra bien. ¿Viste cuando apenas conocés a alguien, pero te ponés a hablar horas, horas y horas… sin parar?
— Nunca me pasó, ja, ja — dijo Martín.
— Ni a mí – coincidió Joaquín —. Siempre te pasan cosas así de insólitas, Rodri, je, je. ¡Contanos!
— Hacía mucho que no conocía a alguien. Varios meses. Necesitaba reponerme: es verso eso de que “un clavo saca otro”. Antes de conocer a otra persona, quería estar bien. Y ustedes saben que fueron tiempos complicadísimos para mí.
— ¡Cómo no lo vamos a saber! — repuso Martín.
— Cuando pasó lo de mi ex, ustedes estuvieron ahí, al pie del cañón, apoyándome; ayudándome, a pesar de la distancia. Y eso es algo que obviamente se los voy a agradecer de por vida. Fueron meses de mucho dolor; dolor que, por otra parte, es necesario para crecer y aprender, obviamente. Espero poder poner en práctica todo lo que aprendí. Estoy contento, chicos. ¡Extrañaba tanto mandar un mensaje por WhatsApp diciendo cosas como “Nos vemos mañana” o “Estoy yendo”! La emoción, la intriga, los nervios… todas esas cosas que aparecen cuando estás recién conociendo a una persona. ¡Y cuando la ves por primera vez! Una cosa es hablar con alguien sólo por chat, otra muy distinta es estar frente a frente. ¡No les puedo explicar lo contento que estoy! ¿Saben qué más extrañaba? Escuchar. Y hacerlo atentamente. Que la otra persona te esté contando de su vida… y querer saber, querer que te siga contando. ¡Estamos en un momento donde todos tenemos mucho que decir, mucho que contar! También extrañaba el hecho de querer seguir conociendo a una persona. ¡Tener ganas de verla por segunda vez! Fantasear con la posibilidad de un próximo encuentro. Pensar en la persona y sonreír… sonreír y sonreír. ¿Esto es el enamoramiento, no? ¿Te podés enamorar a primera vista? A lo mejor me volví loco, no sé, pero me volví muy fan de ese sentimiento.
— ¡Nos encanta que estés bien, Rodri! Y te lo recontra merecías. ¿Viste que iba a pasar? ¿Y que ibas a conocer gente nueva? Durante la cuarentena a todos un poco nos pasó que parecía que se venía el mundo abajo, pero nunca fue así.
— Totalmente, Joaco. Estoy feliz, contento por muchos motivos. Primero, por haber vivido esa experiencia, por haber congeniado con alguien de esa forma... ¡que no es poco, es un montón! No sé si nos seguiremos viendo. ¡Ojalá sí! Pero si no pasa… ¡bueno! Eso me lleva al segundo motivo por el que estoy feliz: haberme repuesto, haber salido de un duelo de varios meses. No fue el más complicado al que le tuve que hacer frente, pero digamos que la situación nueva y crítica en la que estaba el planeta complicó un poco las cosas. Ya me siento preparado para salir al encuentro del otro; para conocer gente; para dejarme sorprender por la vida. No tengo más bronca, ¡eso es una liberación tremenda! Era verdad cuando me decían que la vida seguía. Si no es esta chica que estoy conociendo ahora, a lo mejor va a ser otra, no sé. ¡Así y todo, cómo extrañaba ilusionarme! Pero no ilusionarme con una relación romántica, eh. Bueno, a lo mejor un poco, pero es una posibilidad entre otras, entre muchas otras. ¡Cómo extrañaba estar interesado en conocer al otro! Y que la otra persona también esté interesada en conocerte y se note. ¡Y que te trate bien! Es tan lindo cuando te tratan bien.
— ¡Ahí está! — exclamó Martín, dando un golpe sobre la mesa —. ¡Ese es el primer paso!
— ¿Ese? — preguntó Joaquín —. ¿Cuál?
— El primer paso para conocer al otro, es haberse interesado en él — sentenció Martín —. Para conocer a una persona, primero tengo que tener interés en conocerla. Lo mismo vale para un barrio. Es necesario querer salir de uno mismo, no quedarse encerrado en los propios problemas, en los propios mambos. ¡Pensar en el otro! ¡Pero pensar en el otro en serio! Cuando pensás realmente en alguien, ese “alguien” se convierte en una persona que te deja de dar igual. ¡No te da igual si está o si deja de estar! ¡No te da igual si te responde el WhatsApp o si no te lo responde! ¡No te da igual si la gente del barrio tiene acceso a la bomba de agua, o si no lo tiene! ¡No te da igual si un pibe o una piba que estaban convencidos de que no tenían futuro, aprenden a cultivar una huerta! El otro pasa a tener significado para vos. Lo valoras… lo ponés en valor. ¿Y sabés qué más? ¡Ponés en valor todo lo que te das cuenta que podés hacer por alguien! En el caso tuyo, Rodri, tu capacidad de escuchar y de hablar durante horas. No es algo que haga cualquiera, es una virtud personal tuya… una virtud que la podés usar a la hora de hacer algo por los demás.
— ¡Tal cual, amigo! — señaló Rodrigo —. Este tiempo me ayudó a valorar todo lo bueno que había en mí. A aprender a aceptar quien soy, con lo que me gusta y con lo que no me gusta tanto. Me parece que eso fue lo que me movilizó, lo que me hizo tener ganas de salir al encuentro del otro.
— ¡Felicidades, Rodri! — exclamó Joaquín —. Y a lo que dijiste recién, Martín, le agrego algo más: cuando se te despierta el interés de conocer y hacer algo por el otro, entonces… no, esperá, me voy a autocorregir. A lo mejor no hacer algo “por”, sino hacer algo “con” el otro. Así, de manera cooperativa, ya que estamos, ja, ja. Cuando se te despierta ese interés, uno siente una ilusión indescriptible.
— Esa ilusión se llama vivir, amigo — reflexionó Martín —. Vivir es tener ganas de estar con el otro. Es querer crear cosas nuevas y modificarse en el proceso. Es reinventase permanentemente. Es buscar todo lo bueno que uno tiene para dar… ¡y darlo! Chicos, me tengo que ir yendo, me voy a acostar, mañana madrugo. ¿Nos encontramos de nuevo en estos días?
— ¡De una, amigo! Arreglamos para el finde largo — se despidió Joaquín.
— ¡Estamos hablando! – saludó también Rodrigo.