Sociedad

Reflexionemos un poco sobre el bullying

Reflexionemos un poco sobre el bullying
Leonel Sánchez Alpino
27 Jun, 2021

Por Nicolás Torres Ressa, Lic. en Filosofía (UNLP).

Hace algunos días me reencontré con un amigo al que hacía bastante que no veía. Por las cuestiones pandémicas a esta altura ya conocidas por todo el mundo (con muy pocas posibilidades de que haya alguna excepción) nos encontramos en una plaza, más específicamente en la Plaza Máximo Paz. Hacía muchísimo que no lo veía, más o menos desde mayo del año 2019… sí, del 2019. Nos aguantamos las ganas de saludarnos “bien” (¿hace cuántos meses que no nos “saludamos bien” todas las personas que no convivimos bajo un mismo techo?) y nos limitamos al preventivo y protocolar saludo con el puño. Charlamos de todo, nos pusimos al día con todo lo que pasó, lo que dejó de pasar, lo que nos dejó y nos sacó la pandemia en todo ese lapso de tiempo sin habernos visto. Le conté que afortunadamente, hace poco tomé un cargo de preceptor en una escuela y, entonces, luego de felicitarme y alegrarse por mí, me contó que su sobrino había empezado el secundario este año. Me asombré un poco, porque la última vez que había ido a la casa de ellos, en el barrio de Tolosa, este niño tenía nueve años y estaba a punto de cumplir los diez. Y me acordé de una pequeña anécdota que me hizo reflexionar acerca de un tema que, desde hace ya algún tiempo, nunca dejó de ser actual. Ahora que volvieron las clases presenciales, ahora que los niños y adolescentes vuelven a verse las caras después de tres meses (y antes de esos tres meses, un año entero de escolaridad virtual) es necesario que volvamos a re-pensar sobre la manera en que se relacionan entre sí. Por ese motivo, es muy importante que reflexionemos sobre el llamado “bullying”. Y sobre todo, que escuchemos las voces de sus protagonistas y no caigamos en la tentación de que nuestras palabras y nuestros análisis les arrebaten el lugar que a ellos por derecho les corresponde. Eso me hizo pensar que tal vez podía ser una buena idea compartirles a los lectores la mencionada anécdota.

Aquella vez, como dije, en mayo del 2019, fui al barrio de Tolosa a visitar a mi amigo. Llevábamos alrededor de tres años sin vernos (claramente, nos vemos con muy poquísima frecuencia). Es uno de los poquísimos compañeros del colegio con los que me seguí hablando después de egresar del secundario. O, para decirlo de otra forma, es uno de los pocos compañeros con los que me llevaba bien y que consideraba realmente un amigo. Durante un buen tiempo, este amigo y yo nos seguimos juntando, pero obviamente ya no con la misma frecuencia que cuando estábamos en la escuela. Como suele suceder, cada uno de los dos siguió una carrera universitaria distinta y formó un nuevo grupo de compañeros en la facultad. Cada tanto, cuando teníamos algo de tiempo libre, nos reuníamos para tomar una cerveza en algún bar del diagonal 74; el estudio, el trabajo (o la búsqueda de trabajo) y el trajín de la vida cotidiana hicieron que esas juntadas se volvieran cada vez más escasas e imposibles. Eso sucede con muchísimos compañeros del colegio (yo diría que con casi todos): antes, cuando compartías un aula con ellos, los veías absolutamente todos los días (lamentablemente, no como temporalmente está pasando ahora, con las burbujas, los protocolos y los sistemas de ausencias programadas). Una vez que esa etapa termina, es cada vez más raro encontrarlos. Ni qué hablar de cruzarlos por casualidad en la calle: por lo menos a mí, eso me ha ocurrido muy pocas veces, contadas con los dedos de una sola mano. A la inmensa mayoría de mis ex compañeros del secundario no los veo desde el 30 de noviembre del 2010, día en que terminé el tercer año del Polimodal. Más de una década, me estoy sintiendo viejo (¿por qué eso sería algo malo?). Aclaración para los más pibes, si de casualidad me están leyendo: el tercer año del Polimodal es el actual sexto año de la escuela secundaria (es decir, el último). Durante la década del 2000, en la Provincia de Buenos Aires, los doce años de escuela estaban divididos en nueve de Educación General Básica (abreviada EGB) y tres de Polimodal (durante algún tiempo, sólo era obligatoria la EGB, y más tarde el Polimodal también pasó a serlo, pero eso ya es otra historia).

Para bien o para mal, el paso por la escuela es algo que nos marca. Hay veintipico de personas que formaron parte de mi vida durante doce años seguidos, con los cuales de lunes a viernes compartí el mismo salón, en el que cada uno se sentaba en el mismo banco durante cinco, seis y a veces siete horas consecutivas. Durante ese lapso de tiempo de doce años, todos y cada uno de nosotros tuvimos que atravesar dos momentos fundamentales en la vida: en primer lugar, el paso de la niñez a la adolescencia; en segundo lugar, el paso de la adolescencia a cierta adultez: el tan esperado momento de cumplir los dieciocho. Con esas veintipico de personas viví momentos tan trascendentales como el primer enamoramiento, las primeras juntadas de noche (en la primaria, mis compañeros y yo les decíamos malones), la primera salida a un boliche, el primer vaso de cerveza, el primer cigarrillo, el viaje de egresados. Teniendo en cuenta todo esto, lo primero que pienso cuando me encuentro por casualidad con alguno de esos veintipico… es que me crucé con alguien “del colegio”. Más allá de si era amigo o no; más allá de si era una persona con la que me llevaba bien o con la que me llevaba mal. Un encuentro así le generará sentimientos diferentes a cada persona, de acuerdo a cómo la haya pasado durante su tránsito por esa institución; por eso dije lo de “para bien o para mal”. Con sus luces y con sus sombras, nuestro recorrido por la escuela es una experiencia que creo que nos condiciona, que nos deja marcas (y a veces, cicatrices) por muchos años. Vuelvo sobre lo mismo que dije unas líneas más arriba: entre los cinco y los dieciocho años (y más todavía, porque no contamos los años del jardín de infantes) hemos pasado gran parte de nuestros días ahí dentro. Las edades en las que hemos sido escolarizados coinciden con las edades en los cuales se construye la personalidad. Por eso mi tarea como docente es tan importante. Pero volvamos a Tolosa, a la visita que le hice a mi amigo hace dos años.

A pesar de los años sin vernos, nos comportamos (esto me sucede muy frecuentemente con todos los viejos amigos con los que me reencuentro) como si nunca hubiéramos dejado de hablarnos (aprovecho para arriesgar una predicción: creo que cuando termine finalmente la pandemia, esas ganas tan humanas de socializar y formar vínculos van a ser tan fuertes, que nos vamos a comportar tal como lo hacíamos antes de que empezara todo este calvario) .Tomamos unos mates, charlamos sobre nuestras vidas, sobre nuestros proyectos y, en general, sobre nuestras vidas. Vimos el partido de vuelta de una de las semifinales de la Champions League: ese día jugaba el Ajax contra el Tottenham. Nos sorprendimos con el golazo del brasileño Lucas Moura, que marcó el 3-2 y colocó al Tottenham en la final (que, una semana después, terminaría en derrota para ellos, en manos del Liverpool). Mientras estábamos jugando a la Play, alguien tocó el timbre. Era el hermano de mi amigo, que casualmente también venía de visita; iba acompañado de su pareja y con el hijo de ambos. A este último, hacía muchísimo tiempo que no lo veía.

‒ ¿Cómo andás, campeón? ‒ le dije, mientras lo saludaba

‒ Bien ‒ respondió simplemente el niño, mirando para abajo, con los ojos notoriamente vidriosos. Sus padres se miraron, con una expresión de cansancio, de agotamiento.

Nos quedamos todos a comer: pedimos dos docenas de empanadas. Mientras charlaba con mi amigo, con su hermano y con su novia (a quienes también conozco de toda la vida) cada tanto prestaba atención al pibe, que no probó bocado durante toda la cena. Cuando sacamos del freezer el helado, le pidió permiso al tío para ir a su pieza y jugar con la Play. Sus padres lo regañaron un poco, pero mi amigo lo dejó. Mi amigo le sirvió un poco de helado en un vaso, le dio una cuchara, y le pidió que por favor no ensuciara nada. Una vez que se fue, se acercó a su hermano y bajó la voz.

‒ ¿Esos chicos todavía lo siguen molestando? - le preguntó.

‒ Sigue todo igual ‒ le respondió él, con cierta resignación.

‒ Yo no sé qué hacer ‒ dijo la mamá del niño, tratando de disimular las lágrimas ‒. Come muy poco, no quiere ir al colegio, sale llorando. Me destroza el alma verlo así. Él siempre fue un chico alegre y feliz.

‒ Quisimos hablar con los padres de estos chicos, pero ellos le restan importancia a todo este asunto. Dicen que es normal, que son cosas de pibes, que siempre hubo cargadas. Una vez le dije que si lo molestaban, se tenía que defender. Fue un pésimo consejo. Se agarró a trompadas con ellos en el patio, y los tuvo que separar la directora - añadió el padre.

‒ El otro día estábamos en el auto, me abrazó y quebró en llanto. “Mamá, esos chicos se ríen de mí, me empujan, me dicen que soy tonto y que soy feo, que nunca voy a tener amigos y que ninguna chica se va a enamorar de mi. ¿Es verdad? ¿Soy tonto y feo? Mamá, ¿por qué en el colegio nadie me quiere?”.

Yo escuchaba atentamente. Un rato después, mi amigo y yo jugamos al Pro Evolution Soccer con él. Armamos una Champions. Él se eligió al Barcelona y le hizo tres goles al Real Madrid, tres zurdazos de Messi. Los gritó contento, como si estuviera en la vida real jugando con sus ídolos. Los tres charlamos y nos reímos durante un buen rato. Durante esas horas, fue feliz. Le pudimos sacar una sonrisa.

‒ A tu sobrino le está pasando lo mismo que nos pasó a muchos en el colegio ‒ le comenté a mi amigo, después de que se fueron todos ‒. El famoso bullying… aunque no sé por qué lo llamamos con su nombre en inglés, habría que inventar una palabra en español. Siempre que pasan estas cosas me pregunto qué estamos haciendo mal nosotros los profes, qué es lo que estamos haciendo mal todos los que formamos parte de la institución escolar, para que estas cosas sigan ocurriendo. Va a ser todo un desafío que este chico fortalezca su autoestima después de esto. Afortunadamente, aún está a tiempo.

La escuela no es una isla separada de la sociedad; todo lo que ocurre fuera tiene repercusión dentro. El mundo ya estaba atravesando un momento bastante complejo y contradictorio… y con la pandemia, eso por supuesto que se agudizó y se multiplicó por mil. La tecnología avanza a pasos agigantados, a un ritmo que décadas atrás hubiera sido impensado; al mismo tiempo, nosotros los seres humanos no hemos sabido estar a la altura ante semejante “progreso” (salvo una excepción: la educación, sobre todo en ese 2020 en el que gobiernos, escuelas, docentes, no docentes y alumnos tuvimos que improvisar, ingeniárnoslas con los recursos que teníamos a mano y planificar sobre la marcha, a contrarreloj, para que las clases continuaran a pesar de todo). A pesar de la exitosa excepción ya mencionada, todavía nos queda un larguísimo camino por recorrer. La xenofobia, la exclusión y el miedo al otro se manifiestan en toda su crudeza más que nunca, y ahora utilizan como vehículo esas nuevas tecnologías. El individualismo llegó a un extremo insólito: la tecnología nos promete que podemos ser autosuficientes, que todo lo que nos propongamos hacer depende únicamente de nosotros mismos. Esa promesa nos da la ilusión de que no existen lazos culturales y comunitarios entre las personas; la política (que viene del griego pólis y significa “comunidad”) a veces parece no tener razón de ser, para muchos se ha vuelto una palabra incomprensible y para algunos, molesta. No estoy hablando de la política “de partidos políticos”, sino que me estoy refiriendo a un sentido amplio, muy amplio del término. Cuando hablo de “política”, hablo de los lazos comunitarios que nos entrelazan y que hacen que dependamos unos de otros, a tal punto que incluso la suerte individual está atada, de manera inseparable, a lo que ocurra en el tejido social. La política, entendida así, es todo lo que, por ejemplo, la meritocracia niega y hace de cuenta que no existe.

Hace menos de cien años, la escuela era un espacio de formación de ciudadanos y la palabra del docente era considerada, como se suele decir, “palabra santa”. En pleno año 2021, pandemia mediante, la situación se ha vuelto más complicada. Hoy hay nuevos “educadores”, que “acompañan” a los niños incluso desde antes de que aprendan a hablar: los medios de comunicación. Estos seres humanos “nuevos”, que llegaron al mundo hace muy poco, aprenden (desde poco después de nacer) un lenguaje nuevo, que a muchísimos adultos les parece incomprensible. Entre esos adultos perplejos, nos encontramos nosotros, los docentes. Yo no quiero que volvamos a la escuela de hace cien años, que era extremadamente autoritaria y violenta con el niño (esa “vuelta”, de todas formas, quiera o no quiera que ocurra, sería imposible). Creo que debemos enseñar a los alumnos a hacer un uso crítico de la tecnología (como tuvimos que empezar a hacer a los ponchazos desde hace por lo menos un año atrás, aunque no hay que dejar de mencionar que muchos docentes ya venían trabajando con las TIC desde mucho, pero mucho antes). Pero sobre todo, debemos promover una actitud de encuentro con el otro. Si no lo hacemos, estamos enseñando (de manera indirecta) que el otro es una amenaza, y que la única manera de “afirmarse” a uno mismo es queriendo “suprimir” a otro. Ese es el origen del bullying.

Por eso (y con esto termino) creo que, en el fondo, el bullying es un problema de origen político. Los niños que lo padecen deben saber que lo que les ocurre no es culpa suya, que no tienen ninguna responsabilidad por las situaciones espantosas que pueden llegar a sufrir. Para liquidar el bullying, hay que liquidar al individualismo, tenemos que invitar a los niños a que cuestionen esa idea tan extendida hoy día de que para ser feliz, debe haber alguien que sufra, y que ese cuestionamiento haga carne en ellos. Con lazos comunitarios, estoy seguro que el bullying se evapora. Al principio del párrafo dije que el bullying es un problema político. Me corrijo: la única solución al bullying es la política, en el más amplio de los sentidos de esa palabra.

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