Editorial

Rusia no es un Estado, sino un universo

Rusia no es un Estado, sino un universo
Leonel Sánchez Alpino
10 Jun, 2026

Artículo del Embajador de Rusia en Argentina Dmitry Feoktistov.

Este llamativo aforismo se atribuye a la emperatriz Catalina la Grande, bajo cuyo reinado el Imperio ruso se convirtió en una gran potencia. El mismo subraya las dimensiones inmensas, la diversidad cultural y la riqueza de recursos que permiten a nuestro país existir y desarrollarse como una civilización única. La autosuficiencia y una magnitud «universal» definen en gran medida no solo los fundamentos de la gobernación y la política exterior de Rusia, sino también los rasgos fundamentales de su carácter nacional.

El mundo interior del pueblo ruso es comparable a la geografía. Una de nuestras canciones más populares comienza con las palabras: "Vasto es mi querido país". Esto se alinea claramente con el conocido concepto de la "amplia alma rusa". En Occidente, con su filosofía y visión del mundo diferentes, muchos han intentado interpretar este término a su manera, encontrándolo finalmente algo misterioso. Con esto entendemos el rechazo a la mezquindad y el cálculo, la disposición a donar todo, la franqueza, la pasión y el deseo de sinceridad en las relaciones. En resumen, vivir según el «aliento del corazón».
Esto es la fuente de nuestro característico sentido de la justicia, en torno al cual se construye la idea rusa. Fiódor Dostoievsky creía que este es "el rasgo más elevado y característico de nuestro pueblo". La búsqueda de la verdad y la protección de los débiles, incluso en el ámbito internacional, son valores individuales y colectivos importantes. En este contexto que se comprenden las palabras de Iván Turguénev: "un verdadero ruso tiene un corazón de niño". No se trata de ingenuidad infantil, sino de sencillez, compasión y filantropía.

La defensa de las fronteras ilimitadas del país, convertida en un eje histórico, siempre ha exigido valentía y sacrificio. Esta tradición centenaria se ha extendido desde Rusia antigua hasta nuestros días. La acusación de cobardía siempre ha sido considerada un insulto doloroso por niños y adultos. Un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones es Zhenya Tabakov, un niño de siete años que en 2008 sacrificó su vida para salvar a su hermana de un criminal y se convirtió en el Héroe de Rusia más joven, recibiendo póstumamente la Orden del Valor.

El heroísmo colectivo fue uno de los factores decisivos de la victoria en la Gran Guerra Patria, cuando más de 11.000 personas recibieron el título de Héroe de la Unión Soviética. El más joven de ellos fue el partisano Valya Kotik, que tenía once años cuando comenzó la guerra. En la conciencia rusa el deber y la salvación a los demás se valoran tradicionalmente por encima de la seguridad propia. Los 27 millones de personas que fallecieron entre 1941 y 1945 representan no solo la mayor tragedia humana, sino también la liberación, total o parcial, de 10 países europeos por el Ejército Rojo impidiendo que sus pueblos sean esclavizados por la Alemania nazi. Alrededor de un millón de soldados y oficiales soviéticos dieron su vida por ello.

En Rusia hay no solo personas heroicas, sino también ciudades enteras que han demostrado un heroísmo colectivo excepcional en defensa de la Patria. A lo largo de mil años, ningún invasor ha podido subyugarnos, imponiendo su voluntad. No solo nosotros, sino también otros, nos consideran un pueblo victorioso. Recientemente las personas sabias en Europa empezaron a citar un proverbio ruso: "Los rusos se arrodillan solo para atarse los cordones".

El pensamiento trivial que prevalece en Occidente reproduce estereotipos primitivos sobre nosotros a través de los medios de comunicación y la cultura, lo estimula la formación de prejuicios. Por ejemplo, se afirma que somos sombríos y que rara vez sonreímos. En realidad, esto está relacionado con el credo de que «la risa sin motivo es una señal de necedad»: los rusos sonríen a quienes conocen o a quienes se alegran sinceramente de ver. También se dice que somos emocionalmente fríos y ariscos. De hecho, tal dureza solo se manifiesta externamente, como una barrera protectora contra las personas tóxicas; internamente, somos empáticos y vulnerables.

Los osos no pasean por nuestras ciudades. En Rusia no siempre hace un frío intenso ni está nevando constantemente. Poca gente usa gorros con orejas y botas de fieltro. No somos los que más beben del mundo. Comemos no solo borscht, blinis y caviar. No nos llamamos "camaradas". Nuestras mujeres son muy bellas, pero no necesariamente usan tacones altos ni mucho maquillaje para ir de compras. Sin embargo, la percepción del coraje indomable y la resistencia sobrehumana de los rusos no está tan alejada de la realidad.

Recibimos a nuestros queridos invitados en la puerta con una hogaza de pan y sal. Valoramos las tradiciones familiares, las fiestas y los festivales populares. Intentamos criar a nuestros hijos con cuentos de hadas, canciones de cunas y juegos tradicionales. Mantenemos los lazos familiares y honramos a nuestros mayores. Respetamos sinceramente las tradiciones y la fe de nuestros antepasados. Todo esto atrae a gente de países donde se fomenta el consumismo, el egoísmo y la permisividad.

Creemos que una sauna rusa con un batidor de abedul purifica no solo el cuerpo, sino también el alma. Un chapuzón en un agujero de hielo lleno de agua helada en la Epifanía cumple el mismo propósito. Despedimos el invierno con blinis o panqueques, que simbolizan el sol. Los recuerdos tradicionales rusos están profundamente cargados de simbolismo: la muñeca matrioshka (alma y maternidad), el samovár (hogar) y la balalaika (cultura) representan el vínculo inquebrantable entre generaciones.

El 12 de junio celebramos nuestra fiesta nacional: el Día de Rusia. Nuestro país siempre ha sido, es y siempre será. Inmenso, hermoso, eterno. Como el universo descrito por Catalina la Grande.

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