Espectáculos
Spiderman: más grande que Marvel
Con Spider-Man: No way Home, rompiendo taquillas, surge una pregunta: ¿las salas se llenan por el personaje o por la estrategia del anti-spoiler que Marvel Studios ha construido por años? ¿Cuál es el futuro del personaje y cómo chocan aquel Spider-Man “su amigable vecino” con la maquinaria multimillonaria donde la calidad de los filmes queda cada vez más retrasada a cumplir el objetivo de satisfacer el deseo de los fanáticos?
Por Maxi Muñoz.
(Spoilers delante)
“We're more popular than Jesus now”, dijo una vez John Lennon. Fue en el contexto de una serie de publicaciones semanal llamada ¿Cómo vive un Beatle?, publicadas en 1966 y escritas por la periodista Maureen Cleave, quien había entrevistado a los cuatro de Liverpool durante gran parte de su etapa conocida como la Beatlemanía. En la isla británica, las reflexiones de Lennon sobre la religión no ocasionaron repercusión alguna.
Distinto fue en las tierras estadounidenses, donde en una publicación del Times en ese mismo año llamada ¿Dios ha muerto? —la entrevista fue en marzo, la publicación en abril—, se examinaba los problemas que enfrentaban los teólogos modernos al intentar que Dios sea relevante para una sociedad la cual, durante la década de los 60, parecía tener una mayor tendencia al ateísmo. El tema estaba planteado mediáticamente. Y cuando la entrevista a The Beatles llegó a los Estados Unidos en julio de ese mismo año mediante la revista juvenil, Datebook, la controversia no se hizo esperar. Pero no por la entrevista en sí, sino porque los dichos de los músicos, especialmente los de Lennon, estaban sacados de contexto para generar así un mayor impacto mediático. La búsqueda del “dar que hablar”. La frase más populares que Jesús, escaló de tal manera que en muchas de las ciudades más conservadoras del país comenzaron a realizarse boicots a la banda, a los shows, manifestaciones y quema de álbumes, además de radios prohibiendo pasar sus canciones.
Más allá de la controversia, el fenómeno ocurrido daba cuenta de un suceso cultural histórico. Y es que años después, The Beatles, una banda nacida de un grupo de jóvenes hijos de trabajadores de la clase media británica, se habían convertido en uno de los icónicos culturales más importantes de todos los tiempos. Hasta ese momento, la religión, esa institución de cientos de años de una visión inamovible sobre las formas de vivir, había sido una de las instituciones no solo políticas y sociales más relevantes, sino también una de las más influyentes culturalmente. Entendiendo a la cultura como aquellos espacios en donde los seres humanos construyen su visión del mundo y cómo vivirlo individual y colectivamente. Pero con la Beatlemanía y todo lo que significó el rock a partir de ellos, se planteaba que la música tenía una importancia cultural que sobrepasaba a todo tipo de institución. Allí radica lo valioso de una frase que en su momento, sobrepasó al propio John Lennon.
A lo largo de los años, distintos íconos se van gestionando dentro de la cultura pop, que lejos de verla desde una visión elitista, es una que juega una interesante contraposición: juega en los terrenos del mercado y el mainstream —ya que la Industria Cultural saca provecho económico de la popularidad de algún “producto” que interpela a las “masas”—; pero al mismo tiempo, es un espacio de enorme construcción de sentido y de conformación de identidad que muchas veces trasciende a cualquier análisis. The Beatles, una de las primeras bandas pop de la historia, es prueba de ello.
Con el estreno de la tercera entrega de Tom Holland como el héroe arácnido, Spider-Man No Way Home, se demuestra una vez más el impacto cultural del personaje. Un personaje que, sin embargo, se tambalea entre ser un icono y ser un objeto servicial a unos intereses que poco le importan aquel impacto. En los números, la película ha cosechado más de 1000 mil millones de dólares a lo largo del mundo, entrando en ese podio que Marvel Studios tiene con Infinity War y Endgame. Esto se da en medio de dos puntos interesantes: la salida de Spider-Man del UCM, con el fin del contrato entre Disney y Sony Pictures —actual dueño del personaje—; y la gran teorización que empezó desde los foros, blogs y redes sociales sobre el multiverso en la pantalla grande y la aparición de los Spider-Man que alguna vez supieron interpretar Andrew Garfield y Tobey Maguire. Teorías que solo se vieron amplificadas cuando Marvel sacó avances confirmando la aparición de los villanos de películas de otras franquicias, como el Doctor Octupus de Alfred Molina, el Electro de Jamie Foxx y el mítico Duende Verde de Willem Dafoe.

¿Dónde empieza la gestión de Spider-Man No Way Home? ¿Con Disney volcándose al fan service guionando la película con ideas de Twitter? ¿O con Twitter y demás redes sociales y plataformas como Youtube entrando en la jugada de Disney al hacerle todo el marketing de la película por cuenta propia, con Marvel tan solo implantando la palabra multiverso en Spider-Man Far From Home? Es casi imposible saberlo, pero de lo que no hay dudas, es que ambas se retroalimentan por una sola cosa, con distintas motivaciones —la rentabilidad en la empresa, el amor incondicional en el público—, pero con un solo objetivo: Spider-Man.
El triunfo de Spider-Man No Way Home, da noción de un personaje que va más allá de cualquier cosa. Un personaje que ya es intrínseco a la cultura pop contemporánea, que comenzó con su primera aparición en el Amazing Fantasy n.° 15, publicado por Marvel Comics en 1962, y que sigue aún hoy vigente acercándonos al primer cuarto del siglo XXI. Y si bien se puede decir que esta tercera entrega era una de las más esperadas porque sería la última con Tom Holland al frente —antes de que Kevin Feige confirme la preproducción de una cuarta, en donde las negociaciones con Sony volverán a tomar protagonismo—, lo cierto es que Marvel, luego de la épica de Endgame y del cierre de la llamada Saga del Infinito, no ha generado las mismas ansias en el público en general, inclusive en los fanáticos más acérrimos del UCM. Solo hay dos excepciones: las series WandaVision y Loki. Pero ambas excepciones acudieron a lo que Marvel parece atarse para seguir manteniéndose como tendencia: las teorizaciones de los fans. Así sucedió con el caso del personaje de Pietro Maximoff de Evan Peters en Wandavision, que terminó descartándose en dos episodios con un deus ex machina. Y sucedió con Loki, que fue quien introdujo definitivamente el multiverso en la saga cinematográfica —paradójicamente desde una seri—.

Más allá de las taquillas, hay algo que a Marvel Studios le interesa: mantenerse en la discusión. Es esto lo que le permite que la rueda de automarketing generado por los fanáticos siga girando, lo que lleva a las personas a las salas de manera masiva, en un momento de la industria cinematográifca donde esto es cada vez menor. Y parecía que la saga trilogía del Spider-Man de Tom Holland se dirigía a un olvido si no fuera por el ingreso del multiverso a su historia. Y es que si bien Spider-Man es “el amigable vecino” de muchos, en la comunidad de fanáticos aún gozaba de un poco de recelo con respecto a sus dos versiones anteriores. Y todo radica en una cuestión central: la esencia del personaje. Peter Parker es un personaje sumamente identificable. Con sus primeras apariciones, los lectores estaban tan interesados en su vida juvenil como su lucha contra el crimen cuando se enmascaraba. Esa doble identidad le generaba una crisis casi existencial. Además, el personaje también abrió nuevos caminos en términos de las dimensiones trágicas que podrían tomar las historias de los superhéroes, evitando así que las mismas se convirtieran en un ciclo repetitivo.
Pero Tom Holland tenía algo particular que chocaba con esta visión de Spider-Man. Su personaje quedaba demasiado atado a los acontecimientos del UCM, casi sacándole independencia en sus historias. Toda la trama de Spider-Man Homecoming está relacionada con el joven queriendo ingresar a los Avengers, como una forma para revalidar su identidad como héroe. Hacia el final, se da cuenta de que no necesita de ese grupo para serlo. La independencia parecía estar a la vuelta de la esquina. Pero en Spider-Man: Far from home, el arco argumental de Peter Parker, su desarrollo, quedaba nuevamente trabado, demasiado atado a los sucesos de Endgame, estrenada meses atrás. El personaje no crecía más allá de lo aprendido en la primera película, y su identidad se ligaba casi por completo a la sombra del fallecido Tony Stark.
Más allá de una floja exploración del personaje, las películas son entretenidas. Pero sólo eso. La visión del director Jon Watts muy anexada al estilo de Marvel desde lo visual, pero también desde la narrativa, le daba una frescura al personaje, alejada de la visión más dramática que había tenido la versión de Marc Webb con The Amazin Spiderman. Esto se nota especialmente en Homecomig: una propuesta tanto narrativa como estética ligada a lo juvenil, a un tono más light y con el humor siendo protagonista de cada escena. Algo que, sin embargo, cuando choca con la poca exploración del personaje en el guion, lo hace de manera desprolija. De esta forma, cuando vamos con Far From Home, tenemos una película floja, que se siente muy episódica, con un engaño al espectador con respecto al multiverso y un villano que es atado con hilos para ser servicial a las películas anteriores del UCM. La película no explota y se queda contenida en el presente a base de gags humorísticos. Es recién en la escena post-créditos, con la revelación pública de la identidad de Spider-Man, que surge algo interesante. Pero si lo que más resalta de la película es la escena post-créditos, hay un problema. Un arma de doble filo para Marvel, le funcionó durante diez años, pero que con el tiempo comienza a diluirse. O al menos, se corre peligro de banalizar el resto de la historia, ya que al fin y al cabo, lo importante termina quedando después de los créditos finales.
Spider-Man No Way Home repite errores, tanto en su forma repetitiva de construir el humor, como en los latiguillos de Marvel con un guión flojo que debe acudir a los deus ex machina, salidas fáciles y agujeros argumentales para responder al fan-service. El guión descuidado tiene su razón de ser en cumplir las expectativas de los fanáticos. En este sentido, la película es extremadamente predecible. Muchas decisiones, para hacer avanzar la trama hacia aquel final que todo el mundo se esperaba, acuden a soluciones en donde la lógica o la coherencia narrativa es lo menos importante. En este sentido, los villanos traídos de otro universo funcionan únicamente como un camino, un medio hacia un objetivo, rebajándolos al infiltrarlos en ese humor donde sus participaciones quedan demasiado inorgánicas. Así, durante toda su primera mitad, la película se siente vacía. No porque no haya emociones, sino porque estas son directas, de un solo golpe. Un ejemplo: a medida que van apareciendo los villanos, se da el impacto, los fanáticos gritamos y aplaudimos; pero luego, su participación se cae, y la estructura de la película, basada en chistes tras chistes, no complementa nada más. El resultado: un impacto inicial que se diluye siquiera antes de terminada la película.

Algo similar sucede con la aparición de Tobey Maguire y Andrew Garfield. Porque sí, es el spoiler menos spoiler de todos. Una estrategia de marketing donde Marvel nos lo decía y a la vez no, donde entre muchas comillas se filtraban videos de los actores en el set. Su aparición es emotiva. Hace explotar al público. Yo inclusive. Pero todo queda allí, en la primera sensación. Luego, la película se ata a sus latiguillos armando situaciones inorgánicas con aquellas versiones de Spiderman, con diálogos que parecen haber sido recolectados de los mejores memes de todo estos años.
¿Pero hay un lado positivo en todo esto? Lo cierto es que se recupera la esencia de Spider-Man, a ese personaje marcado por la tragedia, que apunta a seguir peleando a pesar de todo. Paradójicamente, el personaje de Tom Holland crece mucho en un filme donde precisa de las películas viejas para avanzar hacia un futuro más interesante del personaje. Porque hasta el momento, en la fórmula Marvel, queda contenido en ser servicial. El marketing a través del anti spoiler, el humor y la emoción construidos en pos de respuestas rápidas y efectivas, ya gastan las historias, generando un problema: todas las películas terminan sintiéndose una igual a la otra. La industria de la estandarización. Le quitan esencia, personalidad. Y en medio de esto, parece que Spiderman que cae por momentos.
Digo “parece” porque porque a pesar de ser una película floja en muchos aspectos, el héroe arácnido se realza como el modelo a seguir que ha sido por años. Pero no es porque Marvel haya innovado, experimentado o se haya arriesgado con una nueva narrativa. Si no porque acude a personajes que supieron ser queribles en su tiempo gracias a que sus películas tenían personalidad. Casi 20 años han pasado desde la interpretación de Willem Dafoe como el Duende Verde. Hoy en día, es icónico. Y no es solo por la magnífica actuación, ya que después se repetiría la misma situación con El Doctor Octupus. La cuestión va por el lado de la personalidad de sus personajes, proveniente de una marca autoral dejada por Sam Raimi, su director. Allí es donde ambos villanos quedaron inmortalizados.
Sino pensemos en cuántos villanos memorables han pasado por las casi 30 películas del UCM. Nada más dos, Thanos y Loki. El problema de los villanos en Marvel son puramente por su falta de personalidad, porque con ella no podrían encajar en la fórmula. En No way Home, el Duende Verde moviliza el conflicto solo cuando se transforma en aquel sádico que supo ser, tras minutos de encajarlo en la fórmula de chistes que, en la repetición, se vuelven vacíos y peor aún, lo ridiculizan. Y así como con los villanos, así también peligraba el Spiderman de Tom Holland. Sin embargo, con el final de esta película, logra encontrar la personalidad que tanto le costó a Marvel Studios acomodar, y que al fin, le da el camino libre para poder separarse definitivamente de ese recelo y la comparación constante con sus versiones anteriores.

Esperemos que esto prosiga en el futuro, con el estudio dándole más independencia al personaje, por fuera de la saga. Una saga que se encarga de películas que dan un show de impacto para avanzar a la siguiente, sin ningún tipo de disfrute más allá del vivido dentro de la sala de cine. Donde las charlas no son sobre lo vivido en la película en sí, sino lo que sucederá en la siguiente. Una lógica que también ha copiado casi toda la industria cinematográfica, donde las películas rentables son aquellas que se encuentran dentro de una saga, franquicia o son un remake de algún clásico. Y no es malo que sea así, si no fuera porque gran parte de estas no buscan reconstruir nada nuevo, se repitan ideas y se basen en la nostalgia que manipulada una y otra vez, nos hace perder todo tipo de sorpresa, sin lugar para lo nuevo. No por algo, la película animada Spider-Verse es una de las mejores películas del héroe arácnido, la cual a pesar de pertenecer a la franquicia del héroe, exploraba en las formas de cómo y qué contar del mismo, dándole un aire de frescura y volviendo una película hermosa.
Pero en ese horizonte algo desolador, aparece la emoción genuina del público por un personaje con tanto peso e historia. Spider-Man, dentro de una No way home que es una montaña rusa donde la emoción se acaba apenas te bajas, tiene un peso que va más allá. Y en lo más profundo del corazón de cualquier fanático (yo mismo entre ellos), eso da esperanza para saber que las buenas historias y los buenos personajes, en un futuro, prevalecerán sobre cualquier industria. Tal como The Beatles lo hicieron cuando superaron (como nada más y nada menos que Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band), aquella polémica que le puso fin a la Beatlemanía.