Punto capital
De mirar fútbol a mirar deudas: cómo las apuestas deportivas cambiaron la forma de vivir los partidos
Las apuestas deportivas ya forman parte de la experiencia cotidiana de miles de personas. El partido puede empezar con una camiseta, una cerveza y el deseo de que gane el equipo, pero también con una apuesta de $1.000 desde el celular. El problema aparece cuando mirar fútbol empieza a confundirse con mirar cuotas, cuando perder lleva a apostar otra vez y cuando recuperar lo perdido se convierte en una necesidad. En La Plata, escuelas, clubes y la Universidad Nacional de La Plata ya trabajan sobre una problemática que tiene una pregunta incómoda: ¿en qué momento una apuesta deja de ser un juego y empieza a gobernar la vida de una persona?
Hay una escena que hasta hace algunos años era difícil de imaginar. Un hincha mira el partido, pero además mira el teléfono. No espera solamente el gol de su equipo: espera un córner, una tarjeta, un remate, el próximo gol o cualquier otro acontecimiento que pueda modificar una apuesta en vivo.
El partido continúa siendo el mismo, pero la mirada cambia. El hincha ya no está pendiente únicamente de qué equipo juega mejor o de si su delantero convierte. También puede estar calculando cuánto falta para cobrar, cuánto está pagando una cuota o cuánto dinero podría recuperar si ocurre determinada jugada.
Cuando cada acontecimiento del partido puede transformarse en una oportunidad para apostar, el fútbol deja de ser solamente algo que se mira y pasa a convertirse en una sucesión de posibilidades económicas.
La tecnología hizo que esa transformación fuera todavía más sencilla. Ya no hay que desplazarse hasta un local ni siquiera esperar a que termine un partido. El casino puede estar en el bolsillo, abierto durante todo el día, y el fútbol ofrece una cantidad prácticamente inagotable de acontecimientos sobre los cuales jugar.
Todo puede empezar con $1.000
La primera apuesta no necesariamente parece peligrosa. Puede ser de $1.000, una cifra que, aislada, puede parecer insignificante. El problema aparece cuando esa primera pérdida deja de ser el final de la historia y se convierte en el motivo de la siguiente apuesta.
Se pierden $1.000 y aparece una idea aparentemente lógica: poner $2.000 para recuperar los $1.000 anteriores. Si también se pierden, la tentación puede ser aumentar nuevamente el monto. Ya no se apuesta para ganar, sino para recuperar.
Los especialistas identifican esta conducta como persecución de pérdidas. Es uno de los comportamientos asociados al juego problemático y puede convertirse en una de las piezas centrales de un círculo cada vez más difícil de cortar: perder, apostar para recuperar, volver a perder y aumentar nuevamente.
Ahí está una de las trampas más difíciles de advertir. La persona no necesariamente siente que está perdiendo dinero porque, en su propia lógica, todavía está intentando recuperarlo. Cada nueva apuesta aparece como una oportunidad de volver al punto de partida.
Pero el punto de partida puede alejarse cada vez más.
Una pérdida de $1.000 puede convertirse en una de $3.000. Después en una de $10.000. Y la siguiente apuesta ya no responde al deseo de ganar, sino a la necesidad de tapar las anteriores. Cuando ocurre eso, el problema ya no está solamente en cuánto dinero se apostó, sino en por qué se vuelve a apostar después de perder.
Las señales aparecen antes de la deuda
La deuda suele ser una de las consecuencias más visibles, pero no necesariamente es la primera señal. Hay comportamientos que pueden aparecer mucho antes y que permiten advertir que la relación con las apuestas empezó a cambiar.
Pensar constantemente en cuándo será la próxima apuesta, revisar cuotas durante todo el día, buscar partidos para jugar aunque antes no interesaran, apostar cantidades cada vez mayores o sentir la necesidad de apostar nuevamente después de una pérdida son algunas de esas señales.
También hay otras que pueden resultar más difíciles de reconocer. Pedir dinero prestado para apostar, ocultar cuánto se jugó, mentir sobre las pérdidas, utilizar plata destinada a otros gastos, dejar de hacer actividades que antes eran habituales o tener problemas con familiares, parejas, compañeros de estudio o trabajo son comportamientos que muestran que las apuestas comenzaron a ocupar un lugar que antes no tenían.
Hay una pregunta particularmente importante: ¿qué pasa cuando la persona intenta parar?
Si dejar de apostar genera ansiedad, irritación o una preocupación constante por volver a jugar, ya no se trata simplemente de haber hecho una apuesta. La actividad empieza a tener un peso sobre la vida cotidiana.
Y ese es quizás uno de los puntos más difíciles de detectar, porque la persona puede seguir funcionando normalmente durante bastante tiempo. Puede estudiar, trabajar, ir al gimnasio, encontrarse con amigos y mirar fútbol como siempre. Pero mientras tanto puede estar pensando en las cuotas, esperando el próximo partido o intentando recuperar en secreto lo que perdió.
Cuando el fútbol deja de ser solamente fútbol
Las apuestas tienen una particularidad que las vuelve especialmente difíciles de separar del deporte: utilizan aquello que el hincha ya conoce y disfruta.
Un futbolista sabe quién pateará un penal. Un hincha conoce la formación de su equipo. Alguien que sigue todos los partidos puede saber cuántos córners suele generar un determinado club o cuántas tarjetas recibe un jugador. Ese conocimiento puede generar la sensación de que apostar es una cuestión de información y no de azar.
La idea parece sencilla: “Yo conozco de fútbol, por eso sé dónde apostar”.
Pero saber de fútbol no elimina el riesgo de perder. Y cuando el conocimiento deportivo empieza a utilizarse para justificar nuevas apuestas, puede convertirse también en una forma de alimentar la conducta.
La propia experiencia de mirar un partido puede modificarse. El gol del rival ya no es solamente una mala noticia para el hincha: puede significar que una apuesta acaba de perderse. Un córner que antes pasaba inadvertido puede convertirse en motivo de ansiedad. Una tarjeta amarilla puede importar más por su cotización que por su incidencia en el juego.
El partido empieza a jugarse también en la pantalla del celular.
Una práctica que ya llegó a los jóvenes
La dimensión del problema también puede verse en las escuelas y en los clubes. En la provincia de Buenos Aires, una encuesta realizada sobre más de 90.000 estudiantes de entre 12 y 19 años mostró que el 19,1% había apostado online al menos una vez, mientras que el 60,4% dijo conocer personas que lo hacían.
El relevamiento registró además que el 3,7% apostaba al menos una vez por mes y encontró, entre los estudiantes con mayor frecuencia de apuestas, dificultades vinculadas con la ansiedad, el sueño y cuestiones económicas.
En La Plata, la problemática ya llegó a las aulas. La Defensoría del Pueblo bonaerense realizó talleres en instituciones como el Liceo Víctor Mercante, donde participaron cientos de estudiantes, y el Colegio San Jorge, donde docentes y familias expresaron preocupación por la proliferación de las apuestas online. También hubo actividades en el Colegio Raíces de Gonnet.
En la Escuela Secundaria N.º 90 de Los Hornos, un relevamiento realizado sobre ese grupo específico de estudiantes registró que el 34% había apostado online al menos una vez. Es un dato correspondiente a esa comunidad educativa y no una medición del conjunto de los adolescentes de la ciudad, pero muestra que la práctica ya está presente dentro de determinados ámbitos escolares platenses.
El problema también llegó al fútbol de La Plata
Los clubes entendieron que no alcanza con hablar de apuestas fuera de las instituciones deportivas. En septiembre de 2024, más de 130 futbolistas de las divisiones juveniles, Reserva y plantel profesional de Estudiantes participaron del taller “Apostar no es Juego”.
En Gimnasia también se realizaron actividades de prevención en Estancia Chica para futbolistas de las divisiones juveniles, desde Novena hasta Reserva, junto con integrantes de los cuerpos técnicos y profesionales vinculados al deporte.
No es casual que el fútbol aparezca en el centro de estas acciones. Las apuestas deportivas no necesitan construir desde cero un interés: se apoyan sobre una pasión que ya existe.
El hincha ya quiere saber quién gana. La plataforma solamente agrega otra pregunta: cuánto puede ganar él si acierta.
El teléfono elimina la distancia
Durante mucho tiempo, apostar implicaba hacer algo concreto: ir a un lugar, acercarse a una ventanilla, entregar dinero. Hoy alcanza con desbloquear el teléfono.
La posibilidad de apostar permanentemente cambia la dimensión del problema. Una persona puede hacerlo mientras mira televisión, durante un viaje, en su casa, en una pausa del trabajo o mientras sigue un partido. Las cuotas aparecen en redes sociales, transmisiones deportivas, publicidad y contenidos de influencers y streamers.
La apuesta deja de ser un acontecimiento aislado y puede convertirse en una actividad integrada a la rutina.
Investigadores de la Universidad Nacional de La Plata, entre ellos Juan Bautista Branz y Diego Murzi, estudiaron la relación entre apuestas deportivas online, deporte y juventudes. Sus trabajos analizan, entre otras cuestiones, cómo las apuestas pueden modificar la manera en que los jóvenes observan y experimentan el deporte.
La pregunta entonces deja de ser solamente cuánto dinero mueve el negocio de las apuestas. También importa qué lugar empieza a ocupar dentro de la cultura deportiva.
Cuando perder arruina el día
El impacto tampoco termina en la billetera.
Un trabajo realizado sobre estudiantes que apostaban online encontró que el 65,7% manifestó que perder una apuesta les había arruinado el día. Cerca de la mitad señaló haber relegado intereses o actividades que disfrutaban y el 28,6% reconoció haber perdido la noción del tiempo mientras apostaba.
Son datos que permiten mirar el problema desde otro lugar. Porque una persona puede no estar todavía endeudada y, sin embargo, haber empezado a organizar su día alrededor de las apuestas.
El tiempo destinado a buscar partidos, revisar estadísticas y seguir cuotas también es tiempo. La preocupación por recuperar una pérdida también ocupa espacio mental. Y el dinero utilizado para apostar puede ser dinero que deja de estar disponible para otra cosa.
Cuando una actividad empieza a desplazar otras partes de la vida, la pregunta ya no es cuánto se ganó o cuánto se perdió en una determinada apuesta. La pregunta pasa a ser cuánto lugar ocupa esa actividad en la vida de quien apuesta.
La caída no siempre se nota desde afuera
Uno de los problemas de las apuestas online es que permiten mantener durante bastante tiempo una apariencia de normalidad. No hay fichas sobre una mesa, no hay una puerta que se cierre detrás de quien juega y muchas veces tampoco hay alguien alrededor que pueda advertir cuánto dinero se está poniendo en juego.
Todo puede ocurrir detrás de una pantalla.
Por eso, algunas señales pueden pasar inadvertidas hasta que las consecuencias son grandes. Un cambio en el humor, discusiones por dinero, préstamos que no se explican, gastos que desaparecen del presupuesto, aislamiento o una preocupación permanente por recuperar pueden ser parte de un proceso que comenzó mucho antes.
La persona tampoco necesariamente reconoce el problema desde el principio. Puede pensar que todavía tiene el control porque puede dejar de apostar cuando quiera. El problema es que cada nueva pérdida puede volver a poner en marcha el mismo mecanismo.
“Una más y recupero” puede convertirse en la frase que sostiene todo el circuito.
¿Cuándo deja de ser un juego?
La pregunta no tiene que ver únicamente con cuánto dinero se apuesta. También tiene que ver con qué lugar ocupa la apuesta.
Si para recuperar una pérdida hace falta apostar nuevamente, si el monto aumenta porque el anterior ya no alcanza, si se empieza a esconder cuánto se juega o si la actividad desplaza vínculos, estudios, trabajo, descanso y otras formas de disfrute, hay señales que no deberían ser ignoradas.
En esos casos, pedir ayuda no significa esperar a tocar fondo. La provincia cuenta con una red pública de prevención y asistencia al juego compulsivo y dispone de una línea gratuita de orientación, el 0800-444-4000.
En La Plata, además, distintos organismos y la Universidad Nacional de La Plata vienen desarrollando actividades de prevención destinadas a estudiantes, jóvenes y familias. El objetivo es intervenir sobre el problema antes de que las pérdidas económicas y personales sean todavía mayores.
De mirar fútbol a mirar deudas
Quizás ahí esté la transformación más profunda que producen las apuestas deportivas. No necesariamente cambian el partido: pueden cambiar qué mira la persona cuando mira el partido.
El gol puede dejar de ser solamente un gol. El córner puede dejar de ser solamente un córner. La tarjeta puede dejar de ser solamente una decisión del árbitro. Cada uno puede convertirse en una cifra, en una cuota, en una posibilidad de recuperar o en otra pérdida.
Y entonces aparece una secuencia que puede avanzar casi sin que nadie advierta exactamente cuándo comenzó: mirar fútbol, mirar cuotas, apostar, perder, intentar recuperar y volver a apostar.
La deuda puede aparecer al final de ese recorrido, pero el problema puede haber empezado mucho antes, cuando una apuesta dejó de buscar diversión y comenzó a tener una función distinta: recuperar lo perdido.
Por eso, la pregunta más importante quizás no sea cuánto dinero se puede ganar apostando. Es otra: ¿cuánto puede empezar a perder una persona cuando necesita seguir apostando para recuperar lo que ya perdió?
Porque hay un momento en el que el partido deja de terminar cuando suena el silbato final. Para quien quedó atrapado en esa lógica, puede continuar en el teléfono, en la cuenta bancaria y en la necesidad de que el próximo resultado salga bien.
Y ahí ya no se trata solamente de mirar fútbol.
Se trata de mirar deudas.
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