Sociedad
¿Existe el destino?
Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP)
La gran pregunta de la filosofía es el “¿por qué?”. El por qué, del por qué, del por qué. Justamente esa pregunta empezó a ponerse de moda (por decirlo de alguna manera) al menos desde la segunda quincena de marzo del 2020. “¿Por qué ocurrió esta pandemia?”, “¿Por qué tenemos que seguir viviendo un tiempo más con restricciones? Esas dos son algunas de las preguntas que todos los habitantes de la Tierra (con poquísimas excepciones) empezamos a hacernos durante más o menos los últimos cuatrocientos días. La ciencia puede responder esas preguntas, pero al mismo tiempo no puede. Nos puede decir que el SARS-Cov-2 pertenece a la extraña familia de los virus corona, de la que se sabe muy poco. Que se expandió por todo el mundo, en primer lugar por ser un virus desconocido (y por lo tanto, muy difícil de controlar). Segundo, por ser altamente contagioso. Nos puede contestar que las restricciones son necesarias para aplanar la famosa curva de contagios. Que cuando estemos todos vacunados, la vida va a volver a la “normalidad” (igual, podemos discutir esa palabra) y nos vamos a sacar de encima una enorme mochila de plomo, como ya está empezando a pasar en algunos países. Los científicos también nos pueden decir que esta peste es consecuencia indirecta de un modelo de desarrollo basado en el extractivismo, que hay que rever urgentemente, porque necesitamos generar mucho empleo y mucho valor agregado, pero también necesitamos cuidar nuestro suelo y preservar la salud de las generaciones que vengan después.
Así y todo, todas esas respuestas a las que me referí más arriba me dejan con un sabor a poco. Creo que a muchos otros también. Me dejan con la sensación de que falta algo, un “no sé qué”. Me pongo a pensar: esto está ocurriendo, pero pudo no haber ocurrido… ¿o tenía que ocurrir? Algunos me pueden responder que las pandemias y el daño ambiental son inevitables en un mundo dominado por el extractivismo. Está bien, pero todavía mi pregunta quedaría sin responder, porque podemos ir un paso más allá: ¿era inevitable el surgimiento del extractivismo? ¿Por qué un día, en algún momento de la Historia, a alguien se le ocurrió inventar una cosa así? ¿Estaba escrito que eso tenía que suceder, o sucedió “porque sí”? Es un “¿por qué?” muy distinto de todos los demás. Y está fuera del alcance de todas las ciencias.
Muchos filósofos intentaron contestar esta cuestión. Que se sepa, ninguno encontró la respuesta, pero nos dejaron otra cosa, algo que me parece mucho más interesante todavía: dos maneras posibles de encarar la pregunta. Dos maneras de pensar, dos actitudes, dos estilos que uno puede adoptar. Dos caminos diferentes. Según uno, existe un “por qué” para todo y de lo que se trata es de buscarlo. Según otro, no lo hay.
Exploremos un poco el primero, el que nos dice que todo sucede por alguna razón. Esa manera de pensar tiene el nombre de “determinismo”, que viene del verbo “determinar”: es creer que todo está determinado de antemano. Según los deterministas, todo lo que pasó, pasó porque tenía que pasar. La pandemia, el extractivismo, todo estaba destinado a existir; estaba escrito así, desde el inicio de los tiempos. Yo estaba destinado a nacer a fines del siglo XX. Si me encuentro en este momento escribiendo estas líneas, es porque el destino lo quiso así (sí, sé que suena un poco terrorífico). No hay nada ni nadie que escape al destino. Ahora voy a usar una palabra que conocemos todos, pero que un día a los filósofos se les ocurrió usarla con un significado un poco distinto al que tiene habitualmente: todo es necesario. Lo necesario es lo que no puede faltar, ¿no?. Bueno, con la palabra “necesario” ellos intentaron decirnos que en el gran libro donde están anotados todos los hechos de la Historia, no podía faltar ningún detalle, ni siquiera los más pequeños y en apariencia insignificantes. El mate cocido que se me enfrió, las cuatro lapiceras negras que hay sobre mi escritorio. Que La Plata se haya fundado en noviembre de 1882, que en mayo del 2021 yo esté en mi departamento en El Mondongo escribiendo para Punto, que el último clásico haya terminado 0 a 0. Todo eso ya estaba planeado desde el inicio… o desde siempre (quizás el universo existe desde siempre, ¿siempre hubo algo existiendo? ¿O la existencia durante un tiempo no existió?).
Si este asunto no nos marea demasiado, podemos incluso animarnos a dar un paso más: para un determinista, todo pasa por algo. Ese “algo”, ¿qué es? Algunos han dado la respuesta casi típica: la voluntad de un Dios que escribió la Historia. El autor del libro. Sigamos por ahí y hagamos una pregunta más: ¿lo pudo haber escrito de otra manera? Ahora subámonos a un ramal distinto, pero siempre en la línea del determinismo: para otros filósofos, no es que haya un Dios que escriba la Historia, sino que Dios es la Historia. Esos pensadores nos dirían que, al fin y al cabo, el autor y el libro no son tan distintos, porque en el libro están plasmadas las ideas que el autor tenía en la cabeza. ¡Las del autor y de nadie más! La polémica está servida.
Otres pensadores veían este asunto con una actitud completamente distinta: se empezaron a preguntar por qué tenía que haber un por qué. Y llegaron a la conclusión contraria: todo lo que hay a nuestro alrededor es producto del azar, de la más pura casualidad. Nuestro universo, nuestro planeta, nosotros mismos, existimos “porque sí”, pero tranquilamente todo esto pudo no haber sucedido nunca. En filosofía hay una palabra muy vieja, casi desconocida, que se inventó para expresar esta situación quizás dramática y al mismo tiempo, por qué no, vertiginosa. La traigo acá porque quizás sea útil sacarla de los libros y empezar a usarla en la vida. Esa palabra es “contingencia”. Lo contingente (es decir, su adjetivo correspondiente) es, por lo tanto, lo contrario de lo que los filósofos han dado en llamar “necesario”.
Si todo es contingente, quizás no todo sea tan malo o dramático. Hay algunas ventajas: aceptar la contingencia de un hecho es aceptar que, así como ocurrió, pudo no haber ocurrido. Y que, así como ocurrió, puede dejar de ocurrir. El “siempre fue así”, entonces, no es válido. Primero, porque ese “siempre” es mentira. Segundo, porque por más que fuese cierto que las cosas hasta ahora han sido de una determinada manera, no hay motivos por los que necesariamente deban continuar siéndolo. De este modo, se destruye el “siempre”, porque ese adverbio implica una continuidad tanto en el pasado, como en el presente, como en el futuro. La contingencia es una gran destructora de “siempres”. Y también es la condición de posibilidad para cualquier cambio o intervención sobre la realidad. Dicho de otra manera: si no existiera la contingencia, no existiría la política.
¿Existirá lo necesario? Si existe, ¿lo podremos conocer? Otra polémica que también está servida. Hubo un filósofo que vivió entre 1646 y 1716, llamado Gottfried Wilhelm Leibniz, que dio una respuesta muy original, pero se lo recuerda más por haber sido también matemático y por haber inventado una de las primeras calculadoras. Leibniz decía que este universo es el mejor universo posible. ¿Esto qué quiere decir? Que cuando Dios creó el mundo (Leibniz era muy católico), Él tenía en mente muchísimos otros universos posibles, pero eligió crear este, porque era “el mejor”. Con extractivismo, con una pandemia en la década del ‘20 y todo, este universo es el mejor. ¿Por qué? Sólo Dios lo sabe. Según Leibniz, el punto clave está ahí: todo está determinado, pero nosotros no podemos saber ni cómo, ni de qué manera (ni por qué). Nuestra vida ya está escrita, pero no sabemos lo que va a pasar… entonces, en términos prácticos, es como si no lo estuviera. Es como cuando estamos mirando una película: tiene un final, pero hasta que no la terminemos de ver, no vamos a saber cuál es. Personalmente, esa me gusta, por más que no me termine de cerrar del todo.
Y a vos, lector… ¿qué te parece?