Sociedad
Un estudio comprobó que las experiencias negativas en redes sociales elevan la ansiedad de los jóvenes
Una investigación del CEDLAS realizada con más de 500 estudiantes universitarios encontró que la exposición a situaciones adversas en redes sociales provoca un incremento inmediato de la ansiedad. El trabajo también concluye que el tipo de contenido tiene un peso tan importante como el tiempo de uso de las plataformas y que el efecto fue más marcado en los varones.
Las experiencias negativas en redes sociales, incluso cuando son breves e hipotéticas, pueden generar un aumento inmediato en los niveles de ansiedad de los jóvenes. Esa es la principal conclusión de una investigación desarrollada por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS), de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), que aporta evidencia causal sobre el impacto del contenido digital en la salud mental.
El estudio, realizado por las investigadoras María Laura Alzúa, Azul Menduiña y Milagros Onofri, se propuso analizar si determinadas situaciones habituales en las plataformas digitales afectan el bienestar emocional de los usuarios. La pregunta surgió en un contexto de creciente preocupación por las consecuencias del uso de redes sociales entre los jóvenes, un tema que hasta ahora se había estudiado principalmente en países desarrollados y con foco en la cantidad de tiempo frente a las pantallas.
Para avanzar sobre esa cuestión, el equipo llevó adelante un experimento de laboratorio durante febrero de 2026 con más de 500 estudiantes ingresantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP. Los participantes fueron distribuidos aleatoriamente en dos grupos para poder identificar efectos causales.
Quienes integraron el grupo experimental leyeron cinco situaciones inspiradas en experiencias frecuentes dentro de las redes sociales: publicar contenido sin obtener reacciones, recibir comentarios negativos, exponerse a publicaciones altamente idealizadas, encontrarse con un video generado mediante inteligencia artificial sobre sí mismos y ser ignorados por amigos. En cambio, el grupo de control fue expuesto a escenarios neutros, como un tutorial de cocina o un aviso publicitario.
Tras la intervención, todos los participantes respondieron el State-Trait Anxiety Inventory (STAI), una de las herramientas más utilizadas y validadas internacionalmente para medir la ansiedad de estado. Los resultados mostraron que quienes habían sido expuestos a los escenarios negativos registraron un incremento significativo en sus niveles de ansiedad, equivalente en promedio a 0,09 desviaciones estándar respecto del grupo de control.
Uno de los aspectos más destacados de la investigación es que ese efecto se produjo luego de una exposición muy breve y basada únicamente en escenarios hipotéticos. Además, el trabajo identificó una diferencia respecto de buena parte de la literatura previa: el aumento de la ansiedad fue mayor entre los varones.
El documento plantea como posible explicación que las mujeres podrían estar más habituadas a este tipo de experiencias digitales. Esa mayor exposición podría traducirse en niveles basales de ansiedad más elevados, con menor margen para incrementarse, o bien en una respuesta emocional más atenuada frente a estímulos que ya forman parte de su vida cotidiana en las plataformas.
La investigación también ofrece un panorama sobre los hábitos de uso de redes sociales entre los estudiantes encuestados. El 60 % afirmó pasar más de cuatro horas diarias en estas plataformas durante los días hábiles, porcentaje que asciende al 72 % durante los fines de semana. A su vez, el 28 % indicó que utiliza redes más de seis horas por día entre semana, mientras que esa cifra alcanza el 40 % los fines de semana.
Las conclusiones del estudio invitan a replantear el modo en que se analiza el consumo digital. Según las investigadoras, la evidencia demuestra que la calidad de los contenidos y de las experiencias que atraviesan los jóvenes en las redes sociales resulta tan determinante para su bienestar psicológico como el tiempo total que permanecen conectados. Comprender estos mecanismos, sostienen, puede contribuir al diseño de políticas públicas, estrategias educativas y herramientas de bienestar más eficaces que aquellas centradas exclusivamente en reducir el tiempo de pantalla.